lunes, 16 de enero de 2017

MI PASO POR LA ACADEMIA



MI PASO POR LA ACADEMIA

Animado en la búsqueda de fotografías desperdigadas en cajoneras diversas donde podría  quedar rescoldos de mi vida pasada, con la intención de encontrar acreditaciones que dieran testimonio  de mi presencia en la Escuela Blasco Vilatela, lugar privilegiado, donde se decía que de allí se acabaría en Gobernador Civil ,encontré una posando en el carné con  camisa azul , corbata negra, chaqueta gris engalanado con un “pato” que evocaba a la universidad complutense, que era el icono de aquella Escuela, cuando contaba dieciséis años y estudiaba Magisterio, y otra ,de marcha-paseo, por la carretera de Barajas, junto a Aniceto,  amigo de Quintanar, y  otra más con Julián Diez Mateos, alias el Varagancho, por ser mozo espigado, parecido  a la garrocha, herramienta que se construye  con  mango de madera cilíndrica  y gancho de hierro en el extremo final del fuste, bien atado y sujeto,  que sirve de abrazadera a las ramas de los pinos y que se utiliza para alzarse mediante trepa de brazo y presa de pie  para conseguir  la carga de leña suficiente que convenga a las trazas y  aparejos del  burro o a la yunta de bueyes, destacando entre aquellas, una, donde me retraté con un  compañero, Julio Abad, de Soria, en un momento crucial de nuestra vida juvenil, antes de incorporarnos a una actividad  de  supervivencia, y en calidad de dirigentes  en el bosque de Muniellos, Asturias, y otras más que no vienen a cuento .

Me acompañaban , procedentes del pueblo de Quintanar de la Sierra, al examen  de  ingreso en la citada Escuela,  Marcos Navazo, hijo de un guardia civil, allí apostado, Aniceto Ibañez Benito, alias Svintus, que gustaba en los atardeceres salir por las callejuelas  del pueblo y asustar a otros menores, mediando  gabardina larga y amarillenta y tocado con un sombrero de ala ancha. Muchos sustos y sobresaltos padecieron los niños en Quintanar  originados por  Svintus, que entre  las dieciocho y veinte  horas de invierno solía actuar, saltando embozado  tras las  esquinas de las casas y dando gritos a troche y moche, razón por la que muchos niños se hacían  acompañar de otros o de una mascota agresiva que sirviera para desalentar a aquel “asaltador de callejas”. Otro que se presentó a los exámenes de la “escuela” fue  Diez Mateos, ya citado, y reconocido como el mozo más alto del pueblo, ya desaparecido cuando cumplía los recientes sesenta años, reinando en los cielos, su lugar natural. Al final,  ellos, a pesar de aguantar la estancia  de  tres años académicos, serían suspendidos en las practicas del cuarto curso, causando baja en el cuerpo de Maestros Instructores de Juventud, dedicándose en alternativa vital  a la enseñanza, venta de cerveza y representante del tradicionalismo carlista en Cataluña, desempeño éste que cumpliría  con devoción y fidelidad el bueno de  Aniceto, alias Svintus
                            
El tiempo transcurrido en aquel centro docente fue denigrante por su imperiosa disciplina y menosprecio, reiteradamente mostrados en el trato impartido por parte de la mayoría de  profesores e inspectores, y nunca educadores, copia  de  academias militares entrañadas en el Régimen y otras , por reflejo de los centros  creados en Alemania e Italia, generados en  el nazismo y fascismo imperantes en esos países, con la pretensión de formar a una nueva generación de jóvenes, abocados a servir a las ideologías dominantes.

En este orden la primera decepción que padecí  fue cuando el subdirector del citado centro, Pablo Gómez del Valle, blandito y amanerado, explicó el programa de estudios, priorizando los contenidos  de Magisterio, frente a los de profesor de Educación Física, sin que hubiera una disciplina de educador juvenil o de animación sociocultural y por evidente, nada de formación del espíritu nacional, aunque  excesivos iconos y referentes sumergidos pregonaban aquella condición, argumentando aquél directivo que para tal fin se creó  una sección, sucedánea de la Escuela Normal de Magisterio, Pablo Montesinos, con sede en Madrid,  etiquetada con el sobrenombre de  “Blasco Vilatela”, añadiendo, de seguido, que allí nadie pensara que iba a ser adiestrado  para ser Gobernador Civil, Alcalde o funcionario del Movimiento, y por demás, añadiría aquel personaje que el equipamiento de uniforme individualizado  en la Escuela lo tenían que abonar en fechas inmediatas, ajuar y vestimenta que iba de sobrado en las instrucciones  y además insostenible  para la mayoría de las  familias por su deteriorada economía, atreviéndose algunos alumnos  a importunar a aquel directivo con algunas sugerencia atrevida, entre otras, que promociones anteriores no costearon esos gastos, por el contrario, fueron  sufragados por el Régimen.

Esta alocución y cambio de ruta evocada por este simplón, que  aparte de subdirector era profesor de Onomatopeya , ciencia de los signos que representan a palabras, fue una treta no esperada por mí, hasta el punto de provocar desconcierto, motivo que me impulsó a maldecir, en aquel momento, a aquella institución de formación de mandos de juventud y todo lo que representaba, poniendo en un brete no haber probado la carrera militar como hicieron los Chiflitos, hijos del pueblo, números unos en las Academias de Infantería e Ingenieros que alcanzaron las máximas graduaciones del ejército y otros más que se decidieron por Medicina,  Físicas, Filosofía y Letras, Derecho, etc., triunfando los mismos en cada una de sus profesiones. A tal punto llegó mi desesperanza  que paso por mi mente abandonar aquella Escuela, sintiéndome inseguro y abochornado y más cuando iba de vuelta al pueblo de vacaciones  y  contara aquella contrariedad a mis padres , familia y amigos próximos. De ahí que en mis adentros sufriera y resolviera en su día servir a un personaje, institución o idea  que no se acabase, si la oportunidad o el destino se hicieran presentes, entre aquellos  que representaran y ofrecieran   la mayor y mejor  seguridad, al menos la  que había a finales de la década de los cincuenta y  como el Cid no estaba  dispuesto a servir a un señor que se muriese ,el mundo de  Juventudes, frente a un  Régimen , apoyado por los Estados Unidos, tras  visita a España de Eisenhower , soportado por el Opus Dei, que sustituyó al Movimiento Nacional, que en aquella época, parecía ser cosa de dioses y rayar en la eternidad más segura.

Mi promoción era mi familia,  constituida por cincuenta y ocho jóvenes, divididos en dos secciones de “chándalas ”, integradas una y otra por sesgos de edad. Consecuentemente el plan de estudios se estableció en dos aulas, habilitadas en pupitres emparejados. Este diseño por secciones me afectaría como al resto de los componentes de la promoción, independientemente de la distribución de aulas y pupitres, así en todas las formaciones que se hicieran al día, quince, disposición en dormitorios y camastros, comedor, salón de actos, y un largo etcétera que no viene a cuento.

A pesar de tres años de convivencia con compañeros y amigos de la segunda sección mantuve positivas relaciones con  Nicolás Pascual Velázquez, natural de Vadocondes, Burgos, y  con Julio Abad, natural de Soria, por  emparejamiento en el pupitre, personaje con el  que viví  una experiencia excepcional de supervivencia en el bosque de Muniellos. Esos compañeros de la Academia y además amigos, fueron mi familia en el transcurso de los tres años, siendo al mismo tiempo, por abandono del sistema que imperaba en aquel centro, mis verdaderos padres , madres y hermanos.

El plan de formación de la Escuela se sustentaba en tres pilares, primero, excesiva disciplina mediando  un reglamento de conducta tanto a nivel interno, como externo, otorgando el equipo directivo a cada alumno diez puntos por año, susceptibles de ser restados por cualquier contingencia reseñada en el citado reglamento, circunstancia que obligaba a mantener un talante limpio y ordenado en el  aseo personal, espacios y objetos inmediatos de uso, asistencia a formaciones y un largo etcétera, no reseñable por vergüenza; segundo,  presencia masiva de profesores en asignaturas tan importantes como Geografía, Historia, Matemáticas, Educación Física, etc., cubiertas y asistidas por militares, todos ellos  oficiales jefes del ejército y triunfadores en la guerra civil, además, vinculados a la falange más radical, entre ellos  Manzanedo, Muñoz Grandes, sobrino del  General de la División Azul, y Toledo, que por evidente impartían enseñanzas al dictado, ocupando la mayoría del tiempo de clase a escuchar la cuenta de las lecciones que los alumnos recitaban o callaban, en su caso, sacados de sus pupitres  en grupos de a cinco, con el riesgo de ser preguntado por un golfo cualquiera de Europa, ríos de España, teorema matemático, monarca francés, etc., que conviniera y que si cualquier de ellos se equivocaba, corría el riesgo de ser expulsado de la Escuela si suspendía por más de  tres asignaturas en cada trimestre ,como así ocurrió , y en el marco de dieciocho disciplinas, que incluían algunas tan extrañas como Caligrafía, Papiroflexia, Trabajos Manuales, Aeromodelismo, Música y Onomatopeya, que los inútiles y con mal cante, como era mi caso, siempre estaban en la línea roja, situados en el  riesgo de ser expulsados; y tercero, aquella formación estaba trazada y formulada  en el marco  verticalista, en la perspectiva de que el profesor/inspector era lo lleno que necesitaba de vaciarse en la escupidera de la ignorancia/necedad  de los alumnos, y por demás, desconstructiva en la medida que no añadía nada para fabricar  una personalidad madura y socializada; no cognitiva, sin capacidad de argumentar y afrontar un pensamiento adverso que ayudara a la educación; y desafectiva, sin usar la inteligencia emocional, por el maltrato y menosprecio habido, y además, mantenida en el terreno de la exclusividad, porque era inadmisible cualquier disidencia con los postulados de los iconos falangistas; y por añadidura, plan de enseñanza que se programaba para desintegrar  la personalidad, cuarteándola.

Con este esquema formativo afronté una de mis peores pesadillas, conociendo mis limitaciones, tanto en el terreno de la preparación física, como en el discurso del utillaje de mis manos, labradas para usar  la piedra, hacha y cualquier objeto relacionado con los pinos, a las que se unía mi incapacidad conocida por otros y reconocida de antemano en el colegio Juventus por tener  “mal oído” que lo inhabilitaba para superar cualquier nivel de pentagramas, corcheas y fusas, y por más, el añadido que presentaba de ademán desaseado e indisciplinado, circunstancias que pondrían en riesgo mi estancia en aquel centro.

Uno de las desastres  referentes al plan de formación que  tuve que amoldarme fue  la manera de  no suspender más tres asignaturas en cada uno de los trimestres y así evitar la expulsión , especialmente caligrafía pautada y gótica, asignatura que debía realizarse con plumillas  de diversos tamaños y tinta negrísima, por el enorme borrón que podía originar cualquier equivocación en el trazo que salpicaría a la vista sobre el papel copia de la matriz que se presentara a efectos de prácticas o de examen.  Total, una catástrofe, razón por la que acudí en busca de apoyo al bueno de Nicolás, el de Vadocondes,  para que las cumplimentara, a cambio de pasarle solución de  algunos problemas en matemáticas o física, materias en las que yo destacaba, aventajado por las muchas y buenas practicas aprendidas  de Don Ernesto Sanz, director del Colegio Juventus. Otra asignatura curricular con la que debía tener cuidado, por su notable deficiencia e ineficacia mostrada en mis manos , era  la de “Manualidades”, disciplina que impartía, el que fuera mi maestro posteriormente , a nivel humano, Manuel Sainz Pardo, mediando estrategias y otras artes de seducción, en las que yo era un campeón, convenciéndole de pasar a una escala reducida el plano de la Escuela y construir su maqueta en madera, desempeño que manifestaría complicado y que duraría más del curso escolar, por las magnitudes y diseños multivariados  a tener en cuenta. De igual modo ocurrió con Aeromodelismo , en manos de  Guisado, alias el Chimbo, tal vez el más humano de los profesores, que consentía en sus clases cantar a coro canciones de época, mientras se le pedían arcos de sequeta  para recortar los costillajes del aparato, espacio curricular donde  contaría  con la ayuda sin igual del paciente  compañero Espada  Segura, que le ayudaría a la construcción del morro, fuste y costillas del aeromodelo, sin posibilidad de volar, por falta de tiempo.

Otra de las ruinas a las que me enfrenté, por mi carácter desaseado e indisciplinado, fue debida a  la actitud de afrontamiento con un superior, surgida como consecuencia de una desavenencia deportiva ocurrida en la clase de Judo, en la que yo era un campeón,  enfrentándome al Nano, un advenedizo en la práctica de este arte marcial, por entonces Jefe de Servicios de la Escuela, tumbándole sin miramientos a través de un surikomigohsi por la izquierda, situado aquél en la peana, por debajo del Director de la Escuela, y por encima de los Inspectores, en su mayoría ineficientes educadores, ocupados  en mantener  orden, limpieza y disciplina en el centro docente y cumplimentar, por tanto, lo que ordenaba el reglamento, donde se reseñaban todas las conductas inadecuadas e improcedentes, señalando sus respectivas sanciones, que  se traducían en la resta de puntos ,que si se agotaban significaba la expulsión automática  de la Academia, amén de que el resultado promocional era el sumatorio de la nota media de las asignaturas con lo que restara del coeficiente de conducta. Consecuentemente sería sancionado por aquel individuo, el Nano,  en el transcurso del tercer curso, primer trimestre, por tres conductas no reseñadas en el Reglamento, la primera, por romperse, ajena a la voluntad  un vaso depositado en la mesa cuando almorzaba junto a los de su escuadra de siempre; la segunda, por dormir con chandal en enfermería cuando padecía fiebres, durante la noche, superiores a los treinta y nueve grados, y por último, cuando fue alumno  jefe de día, condición que ocurría por tres veces en el transcurso del tercer año  por situar el pikut, que entretenía las horas de ocio, a una velocidad diferente a la que era normal, con la salvedad de que  la primera y tercera  conducta fueron atribuidas en calidad “de imprudente destrucción y uso indebido de material académico”, sanciones que significarían cada una de ellas pérdidas superiores a los tres puntos del coeficiente de conducta, a los que habría que añadir carencias de derechos de alumno, incapacitándole para asistir a sala de juegos, biblioteca, comer fuera de la promoción, totalmente aislado y de espaldas, hablar con otros alumnos, preguntar en clase o ser cuestionado en la misma, y estancias prolongadas en dormitorio, sin acostarse, y otras más, indeseables y en los tiempos que transcurren fácilmente atribuibles como acoso escolar, llegando a la tortura.