martes, 16 de junio de 2009

julio de anton ,responsable formacion extraescolar del principe felipe, texto de perez de tudela

LA OTRA EDUCACIÓN DEL PRINCIPE FELIPE IIª PARTE

El curso de las "Cabañas" en los Picos de Urbión, fué todo un acontecimiento difícil de olvidar y un completo éxito. El primer curso de una serie: La Vera de Cáceres, Candanchu Sanabria, Alcudia... Todos ellos con actividades en la naturaleza, a los que asistí en mi condición de conocido explorador alpino y alpinista.

PRIMER CURSO EN LOS PICOS DE URBIÓN

Los parajes que rodean los alrededores del Pantano de la Cuerda del Pozo, donde nace el Duero, son extraordinarios y especialmente el denominado "Las Cabañas" dentro de un denso bosque de pinos. Allí se encontraban unos treinta niños de ocho a nueve años, la mayor parte de esa área geográfica de la provincia de Soria. Entre ellos, como un niño más, SAR el Príncipe Felipe, que pronto demostró a todos los profesores e instructores que poseía una cuidada educación: obediente, con buenos gestos, solicito, acataba bien las instrucciones que se le daban, jugando en el tiempo que le dejaban las charlas y las practicas, antes de las comidas al aire libre, a pesar del duro clima casi invernal, con sus compañeros a "guerra de piñas" o improvisados partidos de fútbol. Julio Antón era requerido por el Príncipe con frecuencia, para solucionar cualquier duda que surgía, o pedir permiso para tomar una «coca cola», o consultar que o prenda debería de ponerse.


El Príncipe se manifestó como un niño más, dispuesto a pasarlo bien. Solo la presencia de los fotógrafos le arrebataba la expresión de felicidad en su cara. Cuando veía a un fotógrafo, o alguien que pretendía hacerle una foto, el Príncipe volvía la cabeza o daba la espalda. Algo que observé a lo largo de aquellos años sucesivos y que la responsabilidad y el duro protocolo le han debido hacer superar.

Aquél curso fue un acontecimiento que, el Príncipe Don Felipe, no habrá olvidado a pesar de los años transcurridos. Al curso fue invitado por mis indicaciones, Jesús González Green, quién se presentó acompañado de su hijo Jesús, que como mi hijo Bruno, era de similar edad a Don Felipe. Green traía como espectáculo su primer globo “Tormenta". Un día entero estuvimos levantando el globo bajo un viento poco propicio, que hacía aquél ejercicio muy difícil, consiguiendo que algunos niños, entre ellos el Príncipe, se elevaran una docena de metros en la barquilla, entre violentos bandazos contra los árboles. También fue invitado para dar su charla -no podía faltar- Félix Rodríguez de la Fuente, que contó esas preciosas historias de los animales del bosque mediterráneo a los niños sentados en el suelo. Félix, con excesiva frecuencia, se dirigía al Príncipe llamándole "Señor", "Don Felipe" o “Alteza” contradiciendo el trato natural, exento de protocolo que la Reina había aconsejado repetidamente.

La acampada durante aquella Semana Santa tenía un motivo: Los niños deberían prepararse (habían tratado de navegar en las aguas del Pantano con los «optimis», y habían recibido clases de instructores expertos) para poder realizar la “gran marcha” por los Picos de Urbión. Durante algunos días recorrí aquellos parajes nevados, para diseñar un itinerario que no excediese a la capacidad de niños de ocho años, pero que tuviese un especial atractivo, una cierta dificultad que comportarse emoción y un riesgo absolutamente controlado. La comitiva expedicionaria era muy compleja y numerosa. Ya me había acostumbrado a ella: Julio Antón con el cuadro de profesores que iremos presentando, el ayudante de campo Coronel Dávila, seguidos por los treinta y tantos niños, los policías de escolta, los cordones de seguridad de la Guardia Civil, que controlaba sin ninguna discreción los alrededores de las montañas. Así en comitiva habíamos recorrido Duruelo, Covaleda y tantos otros pueblos de aquella privilegiada geografía.

La marcha quedó dibujada y el itinerario marcado para su vigilancia por la Guardia Civil. Indiqué la conveniencia de utilizar para la salida y regreso el amparo de un refugio de ICONA, ocupado por unos jóvenes excursionistas, indicando que se respetase su presencia -como es normal en los refugios de montaña- pero desgraciadamente, contradiciendo mis indicaciones, este fue desalojado sin miramientos, ni compromisos por la Guardia Civil sin que yo pudiera impedirlo. La ruta era comprometida para un día que se presentó en muy duras condiciones atmosféricas: nevaba copiosamente y hasta los montañeros adultos de la zona suspendieron su actividad para mejor ocasión.

No fue así para nuestro complejo campamento, que entonaba la canción: "Si el viento sopla, que sopla, que sople ya..."

Nosotros rodearíamos la Laguna Negra por unos empinados contrafuertes nevados, efectuando algunos descuelgues por cuerdas situadas en los puntos estratégicos, convenientemente ancladas en estacas de madera.

Recuerdo la cara entusiasmada del Príncipe, caminando en fila india por los pequeños precipicios de nieve, atándose a la cuerda para descolgarse, sintiendo ese ligero escalofrío de miedo, o esa emoción ante el peligro. También la cara curiosa y paciente del coronel Dávila, ayudante del Rey, y perfecto caballero. Julio Antón estaba más entusiasmado que nadie. Todos muy contentos regresábamos en largas hileras, completamente mojados, después de cuatro largas horas sobre la nieve soportando una preciosa tormenta... Volvíamos cantando aquellas marchas que algunos de los instructores entonaban: "De madera de barca.../ De madera de arado... / Pedimos la esperanza... y vino a nuestro lado..."


Durante unos meses el Príncipe recordó aquella experiencia, y su Majestad la Reina así nos lo manifestó varias veces, muy contenta de los resultados.