miércoles, 12 de diciembre de 2007

CARLOS IV Y LA POLICÍA.

Carlos IV mantuvo al principio de su reinado a Floridablanca al frente del Gobierno, que se enfrentará con un acontecimiento novedoso, la Revolución Francesa, que va a hundir las tradiciones españolas y el despotismo ilustrado, repercutiendo en la seguridad del trono y el surgimiento de nuevas clases sociales, entre otras, la burguesía, y los burócratas letrados, que sustituirán la influencia de los nobles y de los clérigos. En 1791 por la frontera del Pirineo, con gentes de Jaca, Pamplona y San Sebastián, entraría mucha propaganda de aquella revolución. Los abanicos, cajas y cintas tenían que ser vigilados pues llevaban gritos, consignas y palabras revolucionarias; y en los forros de los sombreros artículos de la Constitución francesa, hechos que determinaron a emitir, incluso, una Orden Ministerial prohibiendo la venta de ciertos chalecos que llevaban bordados la palabra Liberté. En 1795 la gravedad de las ideas revolucionarias, llegó a tal extremo, que generó una conspiración, denominada “el cerrillo de san blas”, donde se intentó una República española, al estilo francés, siendo los promotores reducidos y encarcelados. El mito de admiración por Napoleón y luego por Robespier, fue llenando las calle, periódicos y tribunas de los partidos. Floridablanca, personaje emblemático del antiguo régimen, cayó, acusado de malversación y abuso de poder, siendo sustituido por el Conde de Aranda, militar de gran prestigio y con espíritu progresista, pero que en poco tiempo fue separado de las tareas del gobierno, sustituyéndole Godoy, que desde 1792 a 1808 gobernará España a la manera de los validos españoles, forzando a esta Nación a una guerra contra Francia, que trajo consigo la pérdida de la Isla de Santo Domingo, la no persecución de afrancesados, y el resurgimiento de la Diputación vasca de Guipúzcoa, que pidió la independencia; luego contra Inglaterra, perdiendo la escuadra española su importancia militar y estratégica; y por último, con Portugal. Al final, Godoy se alió con Napoleón que obligó de nuevo a España a una guerra contra Inglaterra, quedando la flota destrozada en Trafalgar, permitiendo al Emperador la invasión de España con sus ejércitos, huyendo la familia Real española y proclamar a un nuevo Rey, José Bonaparte.

ESTRUCTURAS POLICIALES CREADAS POR EL REY CARLOS III

a efectos de prevención de la criminalidad y buen orden de policía el Rey Carlos III creó/rehabilitó las siguientes estructuras policiales:



CUERPO DE INVÁLIDOS

Este cuerpo, en principio lo organizó Felipe V en 1.717 para acoger a los veteranos inútiles en el servicio de armas. Estuvo presente el Cuerpo de Inválidos en Castilla, Galicia, Extremadura y Andalucía realizando tareas de velar por el orden público y la seguridad ciudadana en los territorios que ocupaban. Los más hábiles de los inválidos eran llamados “salvaguardas del público” con misión de vigilancia estática durante el día, instalándose en casas de ciudadanos singulares, de modo que se obligaba a los ciudadanos a prestar cama junto al portal y silla para sentarse en la calle; y en la noche se constituían en patrullas, recorriendo las calle de los distritos asignados, relevándose cada dos horas, inspeccionando las casas de juego, casas públicas, hospedajes, entradas de forasteros y control de vagos y gente ociosa.


LA MILICIA URBANA

Para completar la tarea del Cuerpo de Inválidos, Carlos III creó el Cuerpo de Milicia Urbana, de larga tradición ene la Policía Española, concretamente en el período de la Segunda República y del Alzamiento Nacional. Se componía esta Milicia de cuatrocientos cincuenta hombres, entre personas de vida honrada, en su mayoría jornaleros, artesanos y gremios y siempre que cumplieran unas mínimas condiciones: voluntarios, buena traza, entre dieciocho y cuarenta años y con talla mayor de cinco pies. La misión de los milicianos era el patrullaje de noche, integrados con los “inválidos”, quedándoles el día libre para atender a sus oficios. Por esta tarea los milicianos cobraban veinticinco reales al mes.


ALCALDES DE CUARTEL Y DE BARRIO

Las ciudades, principal objetivo de control en cuestiones de policía, orden y justicia, en tiempos de Carlos III fueron divididas en Cuarteles, concretamente, ocho cuarteles en Madrid y tres en La Coruña. Madrid y Barcelona por aquella época tenían respectivamente cien mil habitantes; y superaban los cuarenta mil las ciudades de Sevilla, Valencia, Cádiz, Málaga, Granada, Zaragoza y Murcia. En cada cuartel actuaban Cuerpos de Inválidos y Milicias Urbanas, bajo la jurisdicción de un Alcalde con amplios poderes en asuntos criminales, entre otros recibir declaraciones de testigos y detenidos y elevar las causas a la Sala de lo Criminal que correspondiera.

Carlos III dispuso para Madrid que en cada Cuartel se establecieran ocho Alcaldes de Barrio, elegido por sus convecinos, considerado como el vecino más honrado y con las misiones de matricular la vecindad a los forasteros del barrio; y cuidar el alumbrado, limpieza y policía de calle; así como de la quietud y el orden público, y con facultad de instruir las primeras diligencias, dando cuenta de las mismas a su alcalde de cuartel para que este las continuara. Los Alcaldes de Barrio, para que fuesen reconocidos y respetados, fueron dotados de insignias, un bastón de vara y media, con puño de marfil.

En 1.768 Carlos III sanciona el auto acordado que regula la actividad de los alcaldes, precisando que debían saber “celar los figones, tabernas, casas de juego y botillerías; prender a los delincuentes in fraganti; descubrir a mendigos, vagos y niños abandonados; evitar que mancebos, aprendices de artistas y criados de las casas estuviesen por calles y ociosos en las esquinas; y en general, velar por la tranquilidad pública, llevando por norte de su actuación la seguridad y confianza del vecino”.

Tal vez, los Alcaldes de Barrio serían el verdadero antecedente de lo que hoy identificamos como Comisarios de Distrito.
CORREGIDORES Y ALCALDES MAYORES

El Corregidor equivaldría a primera autoridad de la provincia referente a la Administración de Justicia, cuidando de los intereses generales de la nación, siendo delegados del poder del Rey. Entre las misiones del Corregidor, desde una perspectiva policial se destacan las que siguen: castigar escándalos y juegos prohibidos; exterminar a los ociosos, vagos y mal entretenidos; recoger a los mendigos inválidos e impedir que llevasen muchachos para que no se formen en hábitos de vagancia; y castigar a los artesanos desaplicados que holgaran viciosamente en sus trabajos.

El Corregidor para cumplir sus funciones judiciales, administrativas y policiales disponía de uno o dos Tenientes letrados, denominados Alcaldes Mayores con la función de asesoramiento directo en asuntos que concernía o intervenía.

Carlos III mediante la pragmática de Asonadas, en 1.774, robusteció el poder civil, militar y eclesiástico de los Corregidores al apuntar “las gentes de guerra se retirarán a sus cuarteles. Y prestará el auxilio que pidieran los Corregidores” ; y de otro lado, mirando al poder de la Iglesia prescribió que los párrocos se limitaran a la amonestación espiritual, obligándoles a vincularse a las leyes ordinarias y que no confundieran lo temporal con lo espiritual.

En 1782, S.M. emitió la Real Cédula por la que se crea LA SUPERINTENDENCIA GENERAL DE LA POLICÍA PARA MADRID, SU JURISDICCIÓN Y RASTRO, que será motvo de estudio extenso en el capítulo dedicado a los nombres de la Policía.

En el Palacio nuevo, llamado Real de Madrid Su Majestad Carlos III cayó enfermo de fiebre inflamatoria en 1.788, muriendo el 14 de diciembre de este año, siendo el primero de su dinastía que quiso ser sepultado en El Escorial.

ESTRUCTURAS POLICIALES CREADAS POR EL REY CARLOS III

a efectos de prevención de la criminalidad y buen orden de policía el Rey Carlos III creó/rehabilitó las siguientes estructuras policiales:



CUERPO DE INVÁLIDOS

Este cuerpo, en principio lo organizó Felipe V en 1.717 para acoger a los veteranos inútiles en el servicio de armas. Estuvo presente el Cuerpo de Inválidos en Castilla, Galicia, Extremadura y Andalucía realizando tareas de velar por el orden público y la seguridad ciudadana en los territorios que ocupaban. Los más hábiles de los inválidos eran llamados “salvaguardas del público” con misión de vigilancia estática durante el día, instalándose en casas de ciudadanos singulares, de modo que se obligaba a los ciudadanos a prestar cama junto al portal y silla para sentarse en la calle; y en la noche se constituían en patrullas, recorriendo las calle de los distritos asignados, relevándose cada dos horas, inspeccionando las casas de juego, casas públicas, hospedajes, entradas de forasteros y control de vagos y gente ociosa.


LA MILICIA URBANA

Para completar la tarea del Cuerpo de Inválidos, Carlos III creó el Cuerpo de Milicia Urbana, de larga tradición ene la Policía Española, concretamente en el período de la Segunda República y del Alzamiento Nacional. Se componía esta Milicia de cuatrocientos cincuenta hombres, entre personas de vida honrada, en su mayoría jornaleros, artesanos y gremios y siempre que cumplieran unas mínimas condiciones: voluntarios, buena traza, entre dieciocho y cuarenta años y con talla mayor de cinco pies. La misión de los milicianos era el patrullaje de noche, integrados con los “inválidos”, quedándoles el día libre para atender a sus oficios. Por esta tarea los milicianos cobraban veinticinco reales al mes.


ALCALDES DE CUARTEL Y DE BARRIO

Las ciudades, principal objetivo de control en cuestiones de policía, orden y justicia, en tiempos de Carlos III fueron divididas en Cuarteles, concretamente, ocho cuarteles en Madrid y tres en La Coruña. Madrid y Barcelona por aquella época tenían respectivamente cien mil habitantes; y superaban los cuarenta mil las ciudades de Sevilla, Valencia, Cádiz, Málaga, Granada, Zaragoza y Murcia. En cada cuartel actuaban Cuerpos de Inválidos y Milicias Urbanas, bajo la jurisdicción de un Alcalde con amplios poderes en asuntos criminales, entre otros recibir declaraciones de testigos y detenidos y elevar las causas a la Sala de lo Criminal que correspondiera.

Carlos III dispuso para Madrid que en cada Cuartel se establecieran ocho Alcaldes de Barrio, elegido por sus convecinos, considerado como el vecino más honrado y con las misiones de matricular la vecindad a los forasteros del barrio; y cuidar el alumbrado, limpieza y policía de calle; así como de la quietud y el orden público, y con facultad de instruir las primeras diligencias, dando cuenta de las mismas a su alcalde de cuartel para que este las continuara. Los Alcaldes de Barrio, para que fuesen reconocidos y respetados, fueron dotados de insignias, un bastón de vara y media, con puño de marfil.

En 1.768 Carlos III sanciona el auto acordado que regula la actividad de los alcaldes, precisando que debían saber “celar los figones, tabernas, casas de juego y botillerías; prender a los delincuentes in fraganti; descubrir a mendigos, vagos y niños abandonados; evitar que mancebos, aprendices de artistas y criados de las casas estuviesen por calles y ociosos en las esquinas; y en general, velar por la tranquilidad pública, llevando por norte de su actuación la seguridad y confianza del vecino”.

Tal vez, los Alcaldes de Barrio serían el verdadero antecedente de lo que hoy identificamos como Comisarios de Distrito.
CORREGIDORES Y ALCALDES MAYORES

El Corregidor equivaldría a primera autoridad de la provincia referente a la Administración de Justicia, cuidando de los intereses generales de la nación, siendo delegados del poder del Rey. Entre las misiones del Corregidor, desde una perspectiva policial se destacan las que siguen: castigar escándalos y juegos prohibidos; exterminar a los ociosos, vagos y mal entretenidos; recoger a los mendigos inválidos e impedir que llevasen muchachos para que no se formen en hábitos de vagancia; y castigar a los artesanos desaplicados que holgaran viciosamente en sus trabajos.

El Corregidor para cumplir sus funciones judiciales, administrativas y policiales disponía de uno o dos Tenientes letrados, denominados Alcaldes Mayores con la función de asesoramiento directo en asuntos que concernía o intervenía.

Carlos III mediante la pragmática de Asonadas, en 1.774, robusteció el poder civil, militar y eclesiástico de los Corregidores al apuntar “las gentes de guerra se retirarán a sus cuarteles. Y prestará el auxilio que pidieran los Corregidores” ; y de otro lado, mirando al poder de la Iglesia prescribió que los párrocos se limitaran a la amonestación espiritual, obligándoles a vincularse a las leyes ordinarias y que no confundieran lo temporal con lo espiritual.

En 1782, S.M. emitió la Real Cédula por la que se crea LA SUPERINTENDENCIA GENERAL DE LA POLICÍA PARA MADRID, SU JURISDICCIÓN Y RASTRO, que será motvo de estudio extenso en el capítulo dedicado a los nombres de la Policía.

En el Palacio nuevo, llamado Real de Madrid Su Majestad Carlos III cayó enfermo de fiebre inflamatoria en 1.788, muriendo el 14 de diciembre de este año, siendo el primero de su dinastía que quiso ser sepultado en El Escorial.

SISTEMA POLICIAL DEL REY CARLOS III

El control de la calle fue una cuestión esencial para el Rey Carlos III y sus Ministros. Las actuaciones y objetivos para controlar la calle se centraron en los contenidos que siguen: armas, desordenes públicos, juegos prohibidos, vagos, actos religiosos, gitanos, espectáculos y embozados.

Sobre armas en 1.761, para evitar riñas, desafíos, asaltos y asesinatos, prohibe el uso de armas cortas, blancas y cortas de fuego, condenando a los infractores nobles con seis años de presidio y en el caso de plebeyos, trabajo de seis meses en las minas.

En relación a los desordenes públicos mediante penas de cuatro años de presidio y multa a los que dieren cencerradas a viudos-viudas que contrajeran segundas nupcias; así como a los que sembraran falsos rumores y los que vertieren en la calle, mediante romances o coplas asuntos de justicia.

Referente a juegos prohibidos, mediante una pragmática sanción emitida en 1.761, el Rey Carlos III prohibió veintisiete juegos diferentes, lo que señala el arraigo de estas prácticas en las costumbres españolas, “tan perjudiciales para la paz y sosiego de las familias, y tan contrarias a la moral pública y el buen orden social”. Los juegos prohibidos eran de embite, suerte y azar. Los motivos que empujan a la emisión de esta pragmática son entre otros las enormes cantidades de dinero que se cruzan en las apuestas que arruinan a muchas casas; la distracción en la que viven muchas personas dedicados a estos particulares, considerados como viciosos; desórdenes y disturbios que se producen por estas conductas; y el fomento de la codicia.

Entre los veintisiete juegos prohibidos destacamos algunos de ellos: Banca, Treinta y Cuarenta, Treinta y Una Envidada, Juego de la Oca, Bolillo, Palo o instrumento de hueso, el de la Taba, Cubiletes y Nueces.

En la casuística de que los jugadores fueran clasificados como vagos, mal entretenidos, sin oficio o ocupación, y tomaran el juego con la actividad habitual, en calidad de tahúr o fullero y si fueran nobles serán condenados a servir por cinco años en regimientos fijos, y si fueran plebeyos destinados, por igual tiempo en arsenales.

Se prohibía además que jornaleros, menestrales, oficiales y aprendices jueguen en días y horas de trabajo, entendiéndose desde las seis de la mañana hasta las doce; y desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche.

La pragmática además prohibía que en casas públicas, tabernas, hospederías, mesones, cafés, etc. jugar a cualquier clase de juego, permitiéndose sólo los de damas, ajedrez, tablas reales y billar de tacos pero sin que puedan cruzarse apuestas, y si estas aparecieren nunca por encima del Real de Vellón.

Respecto de la Vagancia se destaca que los vagos se identifican como gente que no conocía oficio u ocupación honesta, o andaban entretenidos en tabernas y casas de juego. El Monarca Carlos III ordenó prenderlos en todo el reino para darles empleo útil. Campomanes calculó ciento cuarenta mil personas los considerados vagos, alcanzando proporciones considerables que ocuparían a economistas y reformadores. Así entre otras medidas, los que tenían entre dieciséis y treinta años fueron destinados a regimientos de los Cuerpos de América, fijando el tiempo de servicios en ocho años. Curiosamente, los ineptos fueron depositados en la Armada para servicios de arsenales y aquellos declarados como vagos resabiados, a tareas de hortelanos en hospicios y casas de misericordia.

Los buhoneros y gente que adiestraban animales domésticos también fueron considerados como vagos, dando instrucciones a los corregidores para que acabaran con estos ociosos.

Con referencia a actos religiosos prohibidos se refiere el Monarca a aquellos que con ocasión de procesiones se empalaren; se celebren por la noche o aquellos donde se realicen bailes delante de imágenes o santos.

Los gitanos se distribuían en Andalucía, Castilla y Aragón. En Andalucía en tiempos de Carlos III alcanzan la cifra de cuarenta mil. Las cédulas reales de Carlos I, Felipe II y Felipe III no lograron que éstos abandonaran su vida nómada, lengua, indumentaria y costumbres matrimoniales así como ejercer el recurso engañoso como forma de vida. Felipe V por ordenes reiteradas de 1.705, 1.708, 1.717 y 1.726, trató de reducirlos a la vida sedentaria de los trabajadores del campo, prohibiéndoles tener caballerías, poseer armas y viajar sin licencia.

Carlos III, en el ánimo de integrar a los gitanos en el pueblo, publicó una pragmática donde prohibía la forma de vestir y el modo de vivir nómada de estas gentes. Declaró que las voces de gitanos y “castellanos nuevos” eran términos injuriosos, amenazando con penas a quien las proclamare. Dió noventa días a los gitanos para integrarse en los pueblos mediante prácticas de oficios, y transcurrido ese plazo, en el caso de incumplimiento, serían proclamados vagos, y en consecuencia detenidos, sin formación de causa, aplicándoles en la espalda un hierro caliente marcados con las armas de Castilla. Los gitanos sellados que reincidieran serían condenados a penas de muerte.

En relación a los espectáculos se reguló la compostura del público en los teatros a efectos de orden público y la decencia, no permitiendo la entrada y permanencia a gente con capa, a los escandalosos, peleadores, disputadores y a gentes que portaran sombreros, gorros, así como portadores de hachas encendidas. Quedaba prohibido arrojar objetos al escenario, cruzar señas con los cómicos, siendo muy vigilados por cobradores, los militares, que eran los grandes causantes de problemas en los teatros, y por último,
los embozados, que también se llamaban tapados, portando trajes impropios al carácter de los mismos y estimados como indecentes para los paseos públicos. El embozo se utilizaba en el paseo público desde los coches y a pie, unas veces para mirar con indiscreción y otras para arrimarse a personas, sin conocimiento de ellas, algunas veces para injuriar o servir de mofa. Por razones de moderación, autoridad y policía, se dispuso que se usara la capa corta en lugar de la larga, y del sombrero de tres picos en lugar del chambergo.

CARLOS III Y LA POLICÍA. 1.701-1788.

Desde una perspectiva policial el período histórico que comprende los reinados de Felipe V, Luis I, de nuevo Felipe V por fallecimiento de Luis I y Fernando VI, años 1.701-1.759, es un momento donde lo policial queda solapado por lo militar. España y Europa, en el reinado de Felipe V se encuentran entre pugnas dinásticas, enfrentamientos en el mediterráneo, guerra de colonias y al Rey Sol, Luis XIV presiona a su nieto el Duque de Anjou, Felipe, obligándole a numerosos pactos de familia, y que se mezcle España de intereses foráneos, a parte de presencia en sus territorios de Ejércitos franceses, ingleses, irlandeses, austríacos, italianos, etc.; además, de escuadras que asaltan sus puertos. España se encuentra en un caos de batallas y no descansará hasta el breve reinado de Fernando VI ( 1.746-1.759), que se declarará neutral.

Luis XIV marcó la política de Felipe V frente a Africa, Inglaterra, Holanda y Portugal, y para ello se valió de la Princesa de los Ursinos y de innumerables embajadores que presionaron en la Corte de Madrid; luego, con la presencia de Alberoni y Ripperda, verdaderos validos, incrementaron el caos con intereses bastardos en Italia para sastisfacer a la segunda esposa del Rey Felipe V, y luego en Austria a los descendientes de la misma.

En definitiva, batallas, guerras, escuadras, tomas de Madrid por los Austríacos, melancolías del Rey, informaciones de ida y vuelta de las Cortes de Londres y París, dibujaron y determinaron un periodo épico de la historia Española donde emergieron muchos inválidos, por tantas mutilaciones como consecuencia de una guerra continua, hecho que motivó a que Felipe V creara la primera fuerza policial del siglo XVII, los Inválidos Hábiles, aparte del Cuerpo de Carabineros, perseguidores de malhechores y fugados.

Carlos III es el monarca que representa el Despotismo Ilustrado Español. Era el mayor de los hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio; Rey de Nápoles y Sicilia desde 1.734 con el nombre de Carlos VII. Al morir sin sucesión Fernando VI en Villaviciosa de Odón (Madrid) fecha 10 de agosto de 1.759, comienza aquél a reinar en España. Llegó el 17 de octubre a Barcelona procedente de Nápoles, haciendo su entrada en Madrid el 9 de diciembre de 1.759, instalándose en el Palacio del Buen Retiro. Casado con María Amalia de Sajonia, Princesa de Polonia, tuvo trece hijos, todos nacidos en Italia, y que en su mayoría se malograron. Conocía esta Reina el alemán, francés e italiano. Fue sumamente piadosa y muy devota de San Genaro, patrón de Nápoles y de Santa Teresa. Le agradaba la vida al aire libre, la caza , la pesca, los animales, el tabaco y el baile de la Corte.

Carlos III fue un hombre de mediana estatura, fuerte y magro. Rasgo característico de su rostro era su larga nariz, flanqueado por ojos vivos y largas pestañas. Usaba habitualmente de trajes holgados y sencillos. Gustaba de la caza, que practicaba diariamente. Era un hombre puntual, de buena fe, cumplidor de palabra, justo, piadoso, devoto y de vida ejemplarmente honesta. Sin enfermedad conocida, las desgracias familiares quebrantaron su salud entre otras la conducta desordenada de su ingrato hijo, el Rey de Nápoles; la muerte de su nuera la Infanta portuguesa María Ana Victoria, seguida de la de su hijo, el Infante Don Gabriel.

Cuando Carlos III llegó a Madrid, tenía 43 años, y pasado el verano de 1.760 en La Granja, murió su esposa La Reina. El 19 de julio de 1.760. Carlos III fue juramentado en la iglesia de San Jerónimo, trasladando la Corte al Real Sitio de San Idelfonso.

En 1.759 fecha de llegada de Su Majestad El Rey a Madrid, esta Villa, era descrita de la forma que sigue “multitud de casas de juego que provocaban reyertas callejeras, donde todo tipo de armas lucían; se producían retos y desafíos; lugar de confluencia de ociosos y vagabundos; continuo teatro de hurtos y pendencias. El desaseo era tan grande que las inmundicias se arrojaban sobre pacíficos transeúntes al aviso de ¡agua va¡”. Carlos III, acometió desde el primer momento de su reinado cambiar el aspecto de Madrid, comprobando él mismo la falta de limpieza y urbanidad en las calles y muy especialmente las deficiencias policiales. Entre los primeros edictos y cédulas publicadas por el Rey Carlos III intentaron mejorar el alumbramiento de esta ciudad, empedrar sus calles y crear servicios de limpieza al objeto de cambiar “la Corte más puerca del mundo en la más limpia”. Al lado de esta normativa se prohibió desde un principio, ya intentado en los reinados de Felipe V y Fernando IV que no se asistiera a ciertas localidades de teatro con capa, gorro o embozo y no se pusieran celosías a los palcos y alojeros; y a las mujeres estar en esas localidades con el rostro cubierto con el manto. Se prohibía también a los que paseaban a caballo o a pie, embozarse para acercarse a los coches. Entre las normas de la Corte, se destaca que nadie debía andar en otro traje que el propio de su persona, carácter y empleo y si fuese de capa, ha de llevar sombrero de tres picos y peluquín o pelo propio, sin gorro, coña, montera, sombrero, chambergo o embozo alguno. En una pragmática prohibió el uso de armas cortas, de fuego y blancas, advirtiendo además, que ningún cochero, lacayo, ni criado de librea podrán llevar espada ceñida, sable ni otra arma blanca, encomendando la vigilancia de esta norma a los INDIVIDUOS HÁBILES DEL CUERPO DE INVÁLIDOS, creado por Felipe V, al que se uniría en calidad de auxiliares, las Milicias Urbanas, creadas por el Rey Carlos III.

Carlos III al inicio de su reinado, mantuvo a los Ministros de su hermano, Fernando VI, cambiando sólo la cartera de Hacienda, que la entregó al Marqués de Esquilache, siciliano, que había servido a los Reyes en Nápoles con la misma cartera. Su reinado tiene dos momentos: desde 1.759 a 1.766, donde se proveen espectaculares normas de orden público, y que producen en su contra desordenes, hasta el punto de originar una rebelión nacional, que coinciden con todas estas reformas precipitadas, cuyo artífice fundamental fue Esquilache; y de 1.767 a 1.788.

El motín de Esquilache, 1.766, nace de la condición impopular del protagonista del cambio reformista diseñado por este siciliano, que entre otras cosas organizó el Monte Pío Militar, reemplazos del Ejército, arbitrios y abastos de los pueblos, libertad de comercio, introducción de la lotería, pero muy especialmente, por la transformación del Madrid popular, cambiando sus costumbres, como los juegos de cartas, uso de armas, conductas en teatros y calles, uniéndose a todo esto numerosos edictos referentes al orden público; y muy especial el enorme disgusto del pueblo por la carestía de la vida, derivada de la sequía que sufrió España desde 1.760 a 1.765, que cubrió al pueblo de enorme pobreza. El 23 de marzo de 1.776, después de arrancar bandos y sustituirlos por pasquines sediciosos, el pueblo de Madrid estalló al grito de ¡Viva el Rey, Viva España, Muera Esquilache¡. El motivo del motín, según algunos historiadores, fueron los bandos referentes a sombreros y capas. El propio Esquilache escribe sobre este motín “cuando llegué a Madrid, encontré la ciudad entera en la mayor porquería; todo se tiraba a la calle, y era una suciedad tal que nadie podía tener la ventana abierta por el gran hedor; me dediqué a limpiarla haciendo cloacas en las casas.... Era costumbre del pueblo ir con capas larga hasta los pies y unos sombreros tan calados que a ninguno se le veía la cara; decían que tal forma de vestir era porque la ciudad estaba sucia y que todo se tiraba por las ventanas. Parecía justo que habiéndose limpiado la ciudad se ordenase prohibir una máscara tan perniciosa, y así se mandó que la capa se llevase más corta, hasta media pierna, y el sombrero de tres picos, para que cada uno fuese con la cara descubierta”. El mismo Esquilache, en carta dirigida a Tanuchi, Cartagena 5 de abril de 1.766, dice que el lunes santo aumentó el tumulto, gritando la gente que ninguno quería llevar sombrero de tres picos, pidiendo además el pan rebajado y que El Rey le expulsara de Hacienda, gritando el pueblo contra todos los italianos, rompiendo y destruyendo las casas de Grimaldi y Sabatini, y añade Esquilache, que el Rey encontrándose con poca tropa, tomó partido por el pueblo para apaciguar, permitiendo llevar la capa larga y el sombrero redondo, así como rebajar el pan de doce cuartos a ocho.

Otra visión del motín de Esquilache, interesante desde la perspectiva policial, se explica por historiadores en base a tres motivos relevantes: primero, el odio de los madrileños a los extranjeros, fundamentado en la represión de carga efectuada por la Guardia Valona en la plaza del Buen Retiro, con ocasión de a boda de la Infanta María Luisa en 1.764, donde murieron 24 madrileños y no se castigó a nadie; segundo, un plan serio y organizado que señaló a una sociedad secreta a la que se deben ciertas Constituciones y Ordenanzas, atribuidas al Rector de los jesuitas de Madrid; y tercero, a una alianza entre el clero y la nobleza que alentaron la rebeldía, unos por el regalismo y otros porque comprobaban que las reformas favorecían a la burguesía. Entre la nobleza, sin duda, estuvo el Duque de Alba, que se complicó en el motín, y no pocos religiosos, habiendo muchos de ellos sacerdotes y jesuitas que aparecieron como inductores del motín, y con pretensiones de dar a la revuelta el carácter de guerra santa etiquetando a los directores del motín como Soldados de la Fe. La resonancia del motín, tuvo enorme eco nacional e internacional, obligando a Esquilache a marcharse de España.

El motín de Esquilache trajo al gobierno al Conde de Aranda, presidiendo el Consejo de Castilla y adoptando como primera medida la orden de que en ocho días salieran de Madrid los clérigos que no tuvieren destino, mandándolos prender si proferían insultos al gobierno, así como la prohibición de tener imprenta, desterrando a algunos de ellos, imponiendo poco a poco, la capa corta, el sombrero de tres picos y todas las ordenanzas y cédulas del anterior periodo de Esquilache. Floridablanca continuó las reformas de modo más contundente, pero paso a paso, no solo en Madrid, sino en otras ciudades con la intención de reformar las costumbres y perseguir la mendicidad y la vagancia.

martes, 13 de noviembre de 2007

Torrente Ballester y los perros

Corrían los finales de los sesenta en Salamanca y en el bar de la facultad de Derecho tuve la suerte, con asiduidad , de compartir café de recreo de clases y afecto, con Gonzalo Torrente Ballester, debido a mi condición de profesor interino cuando yo no pasaba de los veinticinco años , en el Instituto de Enseñanza Media , suerte que tuve tras ser presentado por dos profesores del Movimiento , Recio y Berzocana, al antiguo Catedrático y falangista ,afiliado en los primeros tiempos del Alzamiento en las huestes de Dionisio Ridruejo.

Traer aquí una semblanza de Torrente Ballester es ayudar a los estudiosos de su obra y personaje a conocerle mejor ,aunque mis percepciones y el paso del tiempo pueden enturbiar la objetividad y veracidad de lo que cuente.

Y entre esas percepciones , tal vez enrevesadas y trastocadas ,recuerdo al Sr Torrente como un hombre muy mayor , a pesar de sus cincuenta y nueve años, abrigado con chaquetón y bufanda doblada, fumando con reiteración y sacando una voz al aire con carácter broncoso ,aunque agradable al oído , con felices sensaciones y en estas manifestar , no sé porque alusión, su cariño hacia los perros , por alimentar ternura y bondad , circunstancia que desplazaba a sus personajes en las novelas que escribía, aunque por una desgracia habida entre sus hijos , por quistes habidos y trasmitidos por los perros ya no podía gozar de la compañía de aquellos , vertiendo en sus libros algunas maledicencias ,desprovistas de la debida ternura y bondad que le asistía.

lunes, 12 de noviembre de 2007

revuelta estudiantil españa 1956

•En 1956 los tres grandes contenidos que entretenían a la policía española eran, primero , prevenir , investigar y reprimir las revueltas estudiantiles que se producen en Madrid , con alteraciones graves ,circulando rumores de golpe de Estado y entrega de armas a escuadras de falangistas , motivo por el que el Régimen decide sustituir a los Jefes Superiores de Policía de Madrid, Barcelona y Valencia, segundo , reprimir la prostitución , clausurando prostíbulos y casas de tolerancia a mujeres ocupadas en el tráfico ilícito de sexo , y tercero , reprimir el trafico y consumo del cáñamo indio .
•Aquella revuelta estudiantil, cuando Joaquín Ruiz Giménez era ministro de educación , tuvo como autores intelectuales al trío Múgica, Pradera y Tamames , que a finales de enero del año que reseñamos , proyectan un manifiesto con la intención de crear un congreso libre de estudiantes, al objeto de desafiar al sindicato español universitario , de tinte falangista, y además órgano obligatorio ideológico de los estudiantes .Aquel trio autodenominado la Mezquita , logró la colaboración de Dionisio Ridruejo ,falangista radical , apartado del Régimen , Sánchez Mazas y otros juristas considerados .El manifiesto fue presentado en la Universidad de San Bernardo el 1 de febrero , consiguiendo tres mil firmas , entre ellas la de Sánchez Drago, apoyado el mismo por Pedro Schwart , Juan Sebastian Garrigues, , Gabriel Elorriaga del Seu , y el joven abogado Jose Marçia Ruiz Gallardçon , padre del actual alcalde de Madrid.
•El Seu , el 9 de febrero, ante tal provocación, alimentada por Radio Nacional y la Falange ,instan a sus escuadras correspondientes a fin de asaltar la Universidad de San Bernardo , y en esa batalla campal ,que se extendió a las facultades de la ciudad universitaria , resultó gravemente herido de un tiro en la cabeza Miguel Alvarez de 19 años , miembro de la centuria Sotomayor de las falanges juveniles de Franco
•El 11 de febrero el Régimen decreta el estado de excepción