miércoles, 12 de diciembre de 2007

CARLOS III Y LA POLICÍA. 1.701-1788.

Desde una perspectiva policial el período histórico que comprende los reinados de Felipe V, Luis I, de nuevo Felipe V por fallecimiento de Luis I y Fernando VI, años 1.701-1.759, es un momento donde lo policial queda solapado por lo militar. España y Europa, en el reinado de Felipe V se encuentran entre pugnas dinásticas, enfrentamientos en el mediterráneo, guerra de colonias y al Rey Sol, Luis XIV presiona a su nieto el Duque de Anjou, Felipe, obligándole a numerosos pactos de familia, y que se mezcle España de intereses foráneos, a parte de presencia en sus territorios de Ejércitos franceses, ingleses, irlandeses, austríacos, italianos, etc.; además, de escuadras que asaltan sus puertos. España se encuentra en un caos de batallas y no descansará hasta el breve reinado de Fernando VI ( 1.746-1.759), que se declarará neutral.

Luis XIV marcó la política de Felipe V frente a Africa, Inglaterra, Holanda y Portugal, y para ello se valió de la Princesa de los Ursinos y de innumerables embajadores que presionaron en la Corte de Madrid; luego, con la presencia de Alberoni y Ripperda, verdaderos validos, incrementaron el caos con intereses bastardos en Italia para sastisfacer a la segunda esposa del Rey Felipe V, y luego en Austria a los descendientes de la misma.

En definitiva, batallas, guerras, escuadras, tomas de Madrid por los Austríacos, melancolías del Rey, informaciones de ida y vuelta de las Cortes de Londres y París, dibujaron y determinaron un periodo épico de la historia Española donde emergieron muchos inválidos, por tantas mutilaciones como consecuencia de una guerra continua, hecho que motivó a que Felipe V creara la primera fuerza policial del siglo XVII, los Inválidos Hábiles, aparte del Cuerpo de Carabineros, perseguidores de malhechores y fugados.

Carlos III es el monarca que representa el Despotismo Ilustrado Español. Era el mayor de los hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio; Rey de Nápoles y Sicilia desde 1.734 con el nombre de Carlos VII. Al morir sin sucesión Fernando VI en Villaviciosa de Odón (Madrid) fecha 10 de agosto de 1.759, comienza aquél a reinar en España. Llegó el 17 de octubre a Barcelona procedente de Nápoles, haciendo su entrada en Madrid el 9 de diciembre de 1.759, instalándose en el Palacio del Buen Retiro. Casado con María Amalia de Sajonia, Princesa de Polonia, tuvo trece hijos, todos nacidos en Italia, y que en su mayoría se malograron. Conocía esta Reina el alemán, francés e italiano. Fue sumamente piadosa y muy devota de San Genaro, patrón de Nápoles y de Santa Teresa. Le agradaba la vida al aire libre, la caza , la pesca, los animales, el tabaco y el baile de la Corte.

Carlos III fue un hombre de mediana estatura, fuerte y magro. Rasgo característico de su rostro era su larga nariz, flanqueado por ojos vivos y largas pestañas. Usaba habitualmente de trajes holgados y sencillos. Gustaba de la caza, que practicaba diariamente. Era un hombre puntual, de buena fe, cumplidor de palabra, justo, piadoso, devoto y de vida ejemplarmente honesta. Sin enfermedad conocida, las desgracias familiares quebrantaron su salud entre otras la conducta desordenada de su ingrato hijo, el Rey de Nápoles; la muerte de su nuera la Infanta portuguesa María Ana Victoria, seguida de la de su hijo, el Infante Don Gabriel.

Cuando Carlos III llegó a Madrid, tenía 43 años, y pasado el verano de 1.760 en La Granja, murió su esposa La Reina. El 19 de julio de 1.760. Carlos III fue juramentado en la iglesia de San Jerónimo, trasladando la Corte al Real Sitio de San Idelfonso.

En 1.759 fecha de llegada de Su Majestad El Rey a Madrid, esta Villa, era descrita de la forma que sigue “multitud de casas de juego que provocaban reyertas callejeras, donde todo tipo de armas lucían; se producían retos y desafíos; lugar de confluencia de ociosos y vagabundos; continuo teatro de hurtos y pendencias. El desaseo era tan grande que las inmundicias se arrojaban sobre pacíficos transeúntes al aviso de ¡agua va¡”. Carlos III, acometió desde el primer momento de su reinado cambiar el aspecto de Madrid, comprobando él mismo la falta de limpieza y urbanidad en las calles y muy especialmente las deficiencias policiales. Entre los primeros edictos y cédulas publicadas por el Rey Carlos III intentaron mejorar el alumbramiento de esta ciudad, empedrar sus calles y crear servicios de limpieza al objeto de cambiar “la Corte más puerca del mundo en la más limpia”. Al lado de esta normativa se prohibió desde un principio, ya intentado en los reinados de Felipe V y Fernando IV que no se asistiera a ciertas localidades de teatro con capa, gorro o embozo y no se pusieran celosías a los palcos y alojeros; y a las mujeres estar en esas localidades con el rostro cubierto con el manto. Se prohibía también a los que paseaban a caballo o a pie, embozarse para acercarse a los coches. Entre las normas de la Corte, se destaca que nadie debía andar en otro traje que el propio de su persona, carácter y empleo y si fuese de capa, ha de llevar sombrero de tres picos y peluquín o pelo propio, sin gorro, coña, montera, sombrero, chambergo o embozo alguno. En una pragmática prohibió el uso de armas cortas, de fuego y blancas, advirtiendo además, que ningún cochero, lacayo, ni criado de librea podrán llevar espada ceñida, sable ni otra arma blanca, encomendando la vigilancia de esta norma a los INDIVIDUOS HÁBILES DEL CUERPO DE INVÁLIDOS, creado por Felipe V, al que se uniría en calidad de auxiliares, las Milicias Urbanas, creadas por el Rey Carlos III.

Carlos III al inicio de su reinado, mantuvo a los Ministros de su hermano, Fernando VI, cambiando sólo la cartera de Hacienda, que la entregó al Marqués de Esquilache, siciliano, que había servido a los Reyes en Nápoles con la misma cartera. Su reinado tiene dos momentos: desde 1.759 a 1.766, donde se proveen espectaculares normas de orden público, y que producen en su contra desordenes, hasta el punto de originar una rebelión nacional, que coinciden con todas estas reformas precipitadas, cuyo artífice fundamental fue Esquilache; y de 1.767 a 1.788.

El motín de Esquilache, 1.766, nace de la condición impopular del protagonista del cambio reformista diseñado por este siciliano, que entre otras cosas organizó el Monte Pío Militar, reemplazos del Ejército, arbitrios y abastos de los pueblos, libertad de comercio, introducción de la lotería, pero muy especialmente, por la transformación del Madrid popular, cambiando sus costumbres, como los juegos de cartas, uso de armas, conductas en teatros y calles, uniéndose a todo esto numerosos edictos referentes al orden público; y muy especial el enorme disgusto del pueblo por la carestía de la vida, derivada de la sequía que sufrió España desde 1.760 a 1.765, que cubrió al pueblo de enorme pobreza. El 23 de marzo de 1.776, después de arrancar bandos y sustituirlos por pasquines sediciosos, el pueblo de Madrid estalló al grito de ¡Viva el Rey, Viva España, Muera Esquilache¡. El motivo del motín, según algunos historiadores, fueron los bandos referentes a sombreros y capas. El propio Esquilache escribe sobre este motín “cuando llegué a Madrid, encontré la ciudad entera en la mayor porquería; todo se tiraba a la calle, y era una suciedad tal que nadie podía tener la ventana abierta por el gran hedor; me dediqué a limpiarla haciendo cloacas en las casas.... Era costumbre del pueblo ir con capas larga hasta los pies y unos sombreros tan calados que a ninguno se le veía la cara; decían que tal forma de vestir era porque la ciudad estaba sucia y que todo se tiraba por las ventanas. Parecía justo que habiéndose limpiado la ciudad se ordenase prohibir una máscara tan perniciosa, y así se mandó que la capa se llevase más corta, hasta media pierna, y el sombrero de tres picos, para que cada uno fuese con la cara descubierta”. El mismo Esquilache, en carta dirigida a Tanuchi, Cartagena 5 de abril de 1.766, dice que el lunes santo aumentó el tumulto, gritando la gente que ninguno quería llevar sombrero de tres picos, pidiendo además el pan rebajado y que El Rey le expulsara de Hacienda, gritando el pueblo contra todos los italianos, rompiendo y destruyendo las casas de Grimaldi y Sabatini, y añade Esquilache, que el Rey encontrándose con poca tropa, tomó partido por el pueblo para apaciguar, permitiendo llevar la capa larga y el sombrero redondo, así como rebajar el pan de doce cuartos a ocho.

Otra visión del motín de Esquilache, interesante desde la perspectiva policial, se explica por historiadores en base a tres motivos relevantes: primero, el odio de los madrileños a los extranjeros, fundamentado en la represión de carga efectuada por la Guardia Valona en la plaza del Buen Retiro, con ocasión de a boda de la Infanta María Luisa en 1.764, donde murieron 24 madrileños y no se castigó a nadie; segundo, un plan serio y organizado que señaló a una sociedad secreta a la que se deben ciertas Constituciones y Ordenanzas, atribuidas al Rector de los jesuitas de Madrid; y tercero, a una alianza entre el clero y la nobleza que alentaron la rebeldía, unos por el regalismo y otros porque comprobaban que las reformas favorecían a la burguesía. Entre la nobleza, sin duda, estuvo el Duque de Alba, que se complicó en el motín, y no pocos religiosos, habiendo muchos de ellos sacerdotes y jesuitas que aparecieron como inductores del motín, y con pretensiones de dar a la revuelta el carácter de guerra santa etiquetando a los directores del motín como Soldados de la Fe. La resonancia del motín, tuvo enorme eco nacional e internacional, obligando a Esquilache a marcharse de España.

El motín de Esquilache trajo al gobierno al Conde de Aranda, presidiendo el Consejo de Castilla y adoptando como primera medida la orden de que en ocho días salieran de Madrid los clérigos que no tuvieren destino, mandándolos prender si proferían insultos al gobierno, así como la prohibición de tener imprenta, desterrando a algunos de ellos, imponiendo poco a poco, la capa corta, el sombrero de tres picos y todas las ordenanzas y cédulas del anterior periodo de Esquilache. Floridablanca continuó las reformas de modo más contundente, pero paso a paso, no solo en Madrid, sino en otras ciudades con la intención de reformar las costumbres y perseguir la mendicidad y la vagancia.