martes, 12 de junio de 2007

memorias pedro el cruel, cap II al V

Alfonso XI conoce por un templario, héroe en Antioquía, la relación del Santo Grial con el Temple y la probable localización de ésta reliquia en tierras de Burgos, animando éstos sucedidos al Rey a crear una Orden Militar en Castilla, que llamaría de la Banda, constituida por doce caballeros con linaje y antecedentes templarios, siguiendo ésta Orden la constitución señalada por San Bernardo.




CAPITULO II



Encendido mi padre, al que en comidilla llamaban el Justiciero, por las Ordenes de Caballería, y siendo él muy afanado en asuntos de armas, considerado en su tiempo como el más entendido en estrategias militares, fruto de las conquistas en Andalucía de Alhaquín, Ayamonte y otros lances por la toma de Granada, y mientras él permanecía en la guarnición de Burgos tuvo conocimiento de que algunos campeones cruzados españoles estaban de vuelta por estas tierras ,procedentes de Jerusalén y Antioquía, luego empleados como mercenarios en las compañías blancas ubicadas en Francia y Alemania, siendo ellos viejos Templarios, como los que se establecieron en Aragón, a través del valle del Ebro, en expansión por tierras de Castilla y Toledo, constituyendo verdaderas redes fortificadas que garantizaron el comercio y la seguridad de los caminos.
Un templario de aquellos con muy largo recorrido interesó a mi padre para que le contara su versión del Temple, Pero González Romero, muy armado castellano y héroe en Antioquía quien contó de primeras que la Orden del Temple surgió no sólo para defender los santos lugares, sino también para asegurar los caminos de peregrinación de la cristiandad, y muy especialmente buscar el Santo Grial, que es el vaso portador de la sangre de Cristo, entregado por Jesucristo resucitado a su tío José de Arimatea, comerciante de estaño, procedente este metal de Britania, ocultándolo en lugar desconocido, señalando que aquél no se encontraba como decía la tradición en Glanstonbury, sino en España como indicara el rey García III Sánchez de Navarra, que cuando cazaba por terrenos de Nájera, observó como su alcor volaba tras una paloma y desaparecía en la espesura del monte, añadiendo Don Pero , que el monarca, en pos del ave, se internó en una cueva, descubriendo allí un gran resplandor, encontrando en las profundidades de la sima un altar con una imagen de la Virgen, ante la que había una Jarra con azucenas, y posadas a los pies de la imagen el alcor y la paloma, en milagrosa armonía. Don Pero manifestaría a mi padre que aquella Jarra era el Santo Grial, ordenando el rey navarro construir un monasterio y una Iglesia, y crear la Orden de Caballería de la Jarra, en calidad de guardianes del Santo Grial, siguiendo los votos de San Benito.
Luego, Don Pero, añadiría que un Obispo, de nombre Olegario, con sede en Barcelona, después proclamado Santo y que estuvo entre Templarios en Jerusalén, adquirió el Santo Grial, custodiándolo en Montserrat y pasado tiempo, con ocasión de persecuciones a los templarios por el rey de Francia, Felipe IV, los conmilitones de Cristo, que así se hacían llamar los templarios, desplazarían la reliquia a Dugium, al borde del cabo de Finisterre, muy cerca de la meta del camino de Santiago, donde se adoraba un caldero sagrado, que representaba el Grial.

Lo cierto es que Don Pero advirtió a mi padre que estos galimatías del Grial no tenían asientos ciertos, cruzándose muchas tradiciones, que por intereses económicos y religiosos lo situaban en demás lugares como Genova, Lyon, Reims, y Valencia, venerándose los cálices, allí depositados, apostando el caballero castellano que el Grial se encontraba al otro lado de Nájera, pasando la sierra de la Demanda, en tierras de Burgos, en el valle del Arlanza, señalando el pueblo de San Quirce, donde había un monasterio de Benitos con capiteles griálicos, ampliando su lugar y búsqueda por la comarca de los Barbadillos, donde proliferaban anacoretas y también, en Salas de los Infantes, y montes de Quintanar, en una zona llamada de la Guía, donde se alzaba una ermita con paño de extenso prado, venerándose allí a una Virgen negra con caracteres grialicos.
Don Pero se extendería sobre los bulos que había escuchado en las noches de guardia, procedentes de templarios britanos, referente a que José de Arimatea ya estuvo en sus tierras acompañado del niño Jesús, cuando éste contaba los doce años, ayudándole en el comercio del estaño y que agradecido a las gentes de las islas volvió con el cáliz de su sangre, leyenda ésta que forjó una época en la Corte del Rey Arturo, adornado él por una espada mágica, Excalibur, que reclamaba para el monarca un mago de nombre Merlín, haciéndose acompañar Arturo de doce caballeros, que se sentaban junto a él, como iguales, en una tabla redonda, impulsados todos en el logro del santo Grial.

Estas y otras consideraciones ,más o menos ciertas, planteadas con celo e imaginación por Don Pero, algunas de ellas conocidas por Alfonso XI, contadas a nivel familiar por un ascendiente suyo, Leonor de Plantagenet, casada con el rey Alfonso VIII de Castilla, hija a su vez de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León, animaron a mi padre a constituir una nueva Orden Militar, que tuviera su sede en Burgos, y que integrara a doce caballeros, al igual que doce son los planetas, doce, los metales en la astrología y alquimia, doce son los signos zodiacales, los dioses del Olimpo, los Apóstoles y doce fueron los condes palatinos de Carlomagno.
Mi padre estableció que los componentes de esa mesa redonda la constituirían caballeros de las tierras de Burgos, en principio Templarios o descendientes de ese linaje, denominando a los nuevos conmilitones de Cristo como guardianes del Grial y de la Banda., blasonando en sus escudos una cruz atravesada por una banda azul. Entre ellos se encontraban Alvar García de Leiva, Señor de Villadiego, que vestía ropajes encastillados de oro combinado con azures; Diego Carrasco, Señor de Vivar, arropado en campo de plata y blasonado en su escudo con jabalí pasante al pié de un tronco de árbol; López de Ocaña, señor de Covarrubias, adornado de gules con león rampante de oro, que lleva espada desnuda de plata en la diestra del escudo; Miguel Redondo, Señor de Castrillo, de gules, portando el escudo peñas pardas, río de plata y sobre las piedras una torre, con dos leones rampantes y las caras de dos doncellas; Juan de Salas, Señor de la misma villa, vestido de oro, blasonado con castillo almenado y sobre la superior almena león rampante y a sus lados dos conchas; Benito de Salazar, Señor de Villarcayo, en campo de gules con trece estrellas de oro; Lucas Tamayo, Señor de Briviesca, vestido de plata con escudo que contenía castillo de gules cuadrados; García de Tovar, Señor de Villadiego, de amarillo; el Conde de Lara, vestido de gules, con escudo integrado por dos calderas jaqueladas, saliendo de cada asa siete cabezas de sierpe, en recuerdo de los Infantes; Gonzalo Ibáñez, Señor de Lerma, vestido de armiño y escudo con castillo de piedra sobre ondas de agua de plata y azul; Fernán Martinez de Cevallos, Señor de San Millán, vestido de Gules con escudo que portan cruces flordelisadas; y Pedro Frías, Señor de la Demanda, vestido de gules con escudo partido que porta castillo y lobo pasante a un pino.

La nueva Orden de la Banda seguiría fielmente la Constitución señalada por San Bernardo a los caballeros del Temple, siendo su Maestre, el rey, mi padre, que ejercería el poder espiritual y material, sin intervención del Vicario de Roma o el Ordinario del lugar, obligándose los caballeros a prestar juramento de obediencia y lealtad absoluta al Maestre, designando como Senescal o segundo de la Orden, a través de elección de ocho caballeros y cuatro sargentos al Conde de Lara, que sería el alférez y portador del estandarte de la Orden. El Mariscal de la Orden sería elegido Pedro Frias y en calidad de Comendador de la Banda, el Señor de Briviesca.

























Se describe la villa de Burgos analizando sus defensas, entre ellas el castillo que mantenía patios de armas y espacios suficientes para albergar establos, perreras, cocinas, fraguas y demás servicios. Se cuenta además de su Acrópolis, Catedral y grandes mansiones, así como distribución por barrios y calles dentro del recinto amurallado, donde trabajaban ciento sesenta moros encadenados, vigilados por caballeros e hidalgos que hacían rondas por el adarve.




CAPITULO III



Burgos, en el recuerdo de mi pubertad, era la capital de Castilla y sede de la Corte de mi padre, eligiendo esta villa por su ubicación estratégica en el camino de Santiago, además, por su posición dominante en el comercio de la lana y también, por el control de las posibles tensiones con el reino de Navarra y Aragón, en continuas discrepancias por la ocupación de tierras fronterizas en la Rioja.
Burgos sería construida a la manera de almendra, constituyendo uno de sus extremos el alto cerro del septetrión, en el que se ubicaba el Castillo, desde donde salían brazos amurallados, uno de ellos paralelo al río Arlanzón. El rey Alfonso XI otorgaría una carta puebla a la villa concediendo un privilegio a caballeros armados que tuvieran las mayores casas pobladas a fin de que éstos fueran excusados de pagar pechos o tributos antes de los ocho días de Navidad hasta ocho días después de Cuaresma, y que excusaran también de pagar tributos a la Corona paniaguados, juveros, molineros, hortelanos, pastores y amos que crían a sus hijos, añadiendo que el año que las hermandades del Consejo fueran en la hueste de guerra, por su mandato, que sus gentes no paguen tributos .

Mediante esta Cartapuebla y otras que se sucedieron, emitidas por mi padre, logró mi Señor y Rey la concurrencia masiva de pobladores cristianos en la villa de Burgos y mantener en sus arrabales a mozárabes y judíos, recepcionando agricultores y campesinos, ayudando a la repoblación, tomando parte muy activa, la nobleza, cabildo catedralicio, viejos monasterios, caballería villana, y milicia de la Orden de la Banda, asumiendo estos recipendiarios el asentamiento de los nuevos colonizadores de la ciudad, asignando solares para la construcción de viviendas, fijando el Concejo de vecinos los términos de calles, barrios, calzadas y los límites de la villa.

A pocas leguas de Burgos se situaba la villa de Lara, con barrios de judíos y mozárabes, lugar donde nació el Conde Fernández González, primer conde independiente de Castilla; y Villadiego, villa de realengo, concedida en venta por Sancho IV al consejo de Burgos, asentándose allí multitudes de judíos, todos ellos protegidos por reyes castellanos, llegando esa comunidad en tiempos de mi padre a la cifra de un millar, viviendo en judería con varias sinagogas, disfrutando éstas de los favores del rey por lo que quedó a cuenta aquello de tomar las de Villadiego, en alusión a que en el caso de persecución por la Iglesia y otros Señores, lo mejor para esta raza era tomar el camino de Villadiego en referencia a las siete villas del Conde Don Diego Rodríguez Porcelos, fundador y repoblador de Burgos, en el ochocientos ochenta y cuatro, por mandato del rey Alfonso III, el Magno.

La defensa de Burgos, frente a cualquier asedio, estaba confiada a su Castillo, Acrópolis y Murallas. El Castillo en tiempos de paz era un baluarte de operaciones militares, formando red con otros situados en Lara, Villadiego, Vivar, Covarrubias, Castrogeriz, Briviesca, Valdivielso y muchos más que se extendían por los valles del Duero y del Tajo, algunos de ellos sostenidos por la Orden Militar de Calatrava, con sede en Almagro, que se expansionaba por Toledo y Andalucía, llegando a poseer este Maestrazgo, bajo la sombra de su castillaje, más de trescientas villas, con una población de doscientos mil habitantes. Aquél Castillo estaba situado en el altozano de un cerro, encima de una colina rocosa, manteniendo un Alcazar, aposento de mi padre, y una torre vigía adosada, con muros exteriores, entre seis y ocho metros de anchura, por quince de alto, y en la parte superior de los muros un adarve que servía de plataforma de combate y también pasillo, por donde circulaban infantes de soldada, arqueros y servicios de centinela. Dentro de los muros del castillo había un patio, no muy extenso, pero con suficientes espacios para albergar establo, perrera, cocina, fragua, y otros oficios necesarios para el cuidado de las armas y caballerías, y también silos de alimentos, así como aljibes de agua. El castillo estaba silueteado por cuatro torres, tres de ellas cuadradas, preñadas de fuertes muros de mampostería, reforzados en piedra granítica, acabadas sus esquinas en sillería y con saeteras que flanqueaban las puertas de acceso. Estas torres eran de tres plantas, acabadas en techados a cuatro bajantes de nieve y aguas, arrancando una escalera desde abajo, adosada a sus muros interiores, alcanzando a todas las plantas, de cien metros cuadrados, sin cámaras o tabiques que separaran, siendo utilizadas en tiempos de paz la planta baja como depósito de colchones, arcones, sillones, mesas, vajillas, ciruelas, candelabros, útiles de cocina, despensa y cuadra, situando en la primera planta aposentos de servidumbre y guardia, y en la última planta, la mas ventilada y con ventanas, para alojamiento de invitados segundones, reservando a caballeros con grandeza y embajadores la torre del homenaje, la más alzada, de planta octogonal muy hermosa y esbelta.

La acrópolis de la villa de Burgos era el patio de mis recreos, lugar donde disfrutaba del juego y torneos armados con espadas y lanzas de madera, compitiendo con aquellos pajes y escuderos, elegidos por los Caballeros de la Banda, siendo éstos niños, como yo, y que constituirían mi primera escolta, no abandonándome hasta mis últimos días.

Acrópolis, catedral y grandes casonas, residencias de ricoshomes y nobleza de linaje formaban un continuo, intercalándose espacios abiertos donde yo contemplaba, quedando absorto, una maravillosa oleada de personas pintorescas, unas, vestidas con armaduras blancas, prestos para la batalla y otras, con ropajes amantados, mostrando riqueza y variedad de colores, dominando en ellos los heráldicos gules, azures, y armiños.
La acrópolis me sonaba a hierros, inyectando en mis venas sensaciones de fuerza, lo que me hacía trastear entre los que por allí se estacionaran o pasaran, preguntándoles las razones de estancia o de paso y requerir si me podían contar algún sucedido épico, referente a las armas y a la caballería ocurrente fuera de la ciudad y del reino, quedando yo encantado en algunas disertaciones, que algunos espabilados, presumiendo influencias futuras, adornaba con todo lujo de detalles y más si eran cuestiones relacionadas con la Caballería, o la Orden del Temple, mi devoción, y también narraciones o cuentos sobre moros aguerridos que nunca fueron vencidos por cristianos, quedando los infieles, en mi imaginación, a la espera de que yo los batallase.

La tercera defensa de la villa de Burgos la constituía su muralla, con un recorrido de tres mil doscientos metros, bordeando el río Arlanzón, de tres metros de anchura por doce de alto, con sesenta y siete torreones, y dos mil trescientas almenas, cerrando treinta y cinco hectáreas, distinguiéndose desde el torreón más almenado tres zonas muy diferenciadas: la noble, definida por el Castillo, Acrópolis y catedral con sus aledaños y residencias mansionadas; la villana, diseñada con tres calles alargadas y paralelas, curvándose las exteriores para concentrarse en cercanías de las mansiones de la nobleza, conformando plazuelas cada una de ellas en su recorrido, y en la convergencia, una plaza mayor, donde ocurrían las ferias y mercados, dividiéndose este espacio villano en quince parroquias que cobijaba, seis ermitas, diez conventos de frailes, nueve de monjas y cinco hospitales; la repoblada, situada en la parte más extrema y meridional; y los arrabales, pegados a las muros del Sur, donde se recluían las juderías y mozárabes, separadas estos pueblos por las calzadas ya descritas.

En la construcción de las murallas trabajaban siento sesenta moros encadenados, vigilados continuamente por caballeros e hidalgos que hacían rondas por el adarve, cerrándose sus sietes puertas principales y tres puentes en el momento que oscurecia el día, por razones fiscales, sanitarias y seguridad, manteniéndose un continuo servicio de guardia en cada uno de los extremos de los torreones, voceando los centinelas contraseñas por centenares de pasos y almenas recorridas, medidas previamente por los oficiales en su tiempo justo.







El Infante Don Pedro conoce a un aventajado templario que espera ser recibido en audiencia por el Canciller de Castilla, narrando aquél la vinculación del Temple con la cábala de los ismailitas , y como éstos usaban a sus fieles para ejecutar atentados políticos, en calidad de asesinos, y también explicar la relación notable que hubo entre judíos y templarios, manteniendo una banca común de préstamos por toda Europa y asistidos por una flota mercantil.




CAPITULO IV



Un día, por cierto, con ocasión de cruce en la acrópolis con un personaje muy visto otras veces, ya mayor, caballero muy armado de guanteletes y espuelas largas, que estaba a la espera de audiencia del Canciller, y más personajes y magistrados de la Corte, y que conocía mi condición de Infante de Castilla, le pregunté si conocía de algún redicho, contándome que él era Templario, aunque su Orden había sido abolida recientemente por el Concilio de Salamanca, a instancia del Papa Clemente V, debido a persecuciones cruentas habidas en Francia, ejecutadas con torturas por un tal Nogaret, Oficial del rey Felipe IV, y que en España no se habían producido por ser esta Orden muy leal y fiel a los reyes de Castilla y Aragón, siendo los templarios muy bien recibidos por villanos, pecheros y gentes del comercio en todas partes, acabando hermanos, frailes y conmilitones de Cristo, gracias a la grandeza de mi padre, el rey, en la Orden de Calatrava, contraviniendo lo ordenado por el Papa de que el Temple y sus beneficios pasaran a los Hospitalarios de San Juán, hecho que nunca sucedió, enfrentándose por ello, mi padre, con el mismo Papa, siguiendo yo, en mi reinado, esa pauta.

Como aquel buen caballero comprobara, en su larga espera de ser recibido, que ya era pasada hora, decidió allegarse en otra jornada más propicia, deteniéndose, al advertir por mis ojos sobresaltados de atención al límite, mi insistencia en que siguiera añadiendo discursos, suplicando al tiempo, aquel buen caballero, que lo que él contase fuese guardado por mí como misterioso secreto, quebrando con ello normas de la Orden, rogando no referirlo a nadie por las consecuencias que tuviera su revelación, prometiéndole yo, al pronto, que así se cuestionaría, y no romper con la promesa, así como guardar en el más profundo secreto lo que tuviese a bien narrar, esperando yo, muy inquieto, el sucedido misterioso que me iba a narrar, sentándome comodamente ,en el suelo , mientras él permanecía en un poyete de piedra de una de las columnas de los porticales.

En esta guisa, el Caballero armado, que por cierto se llamaba Pedro Rodríguez Navarrete, Señor en tierras de Rioja, me dijo que el Temple era asunto de franceses, fundado por siete de ellos, acorde con la cábala de los Ismailitas, secta del chiismo musulmán que predicaba la naturaleza de la jerarquía espiritual, procedente de la divinidad del Imán, y que esperaban la llegada del Mahdi, después del profeta Mahoma, añadiendo que aquellos fundadores templarios, en un principio perseguían la conquista de los santos lugares, la seguridad en las rutas a Jerusalén y la devoción por Cristo crucificado, así inducido por uno de los santos templarios, San Bernardo, que postuló que el conocimiento de Dios no radicaba en la inteligencia, sino en la humildad, por lo que era necesario hacerse fuerte en la fe y en la entrega sumisa, valores esenciales del templario, recogidas insistentemente en su norma con expresiones reiterativas de fidelidad y obediencia extremas, idénticas a las “dawa o inducciones” de los Ismailitas, que conminaban a la lealtad del Imán, y a su representante o Dai en la tierra, que es el que enciende afectaciones sublimes entre sus adictos. Añadiría Don Pedro que por el mucho tiempo pasado de estos franceses templarios y otros más que les sucedieron, en el Oriente, en tierras de Persia, Siria y Yemen, conectaron con Ismailitas, siendo influidos por ellos, que estaban a la espera de la resurrección de Muhamad Ibn Ismael, el Mahdi, Imán visible, que establecería el Estado ideal islámico, incorporando con su llegada la séptima época de la humanidad y de ahí el nombre de sus fieles, septimanos o qarmaties, fieles hasta la muerte a los Dais o inductores de la fe, superiores en conocimiento al mismo Corán.

Don Pedro haciendo un breve silencio de lo dicho por irse su discurso hacia terrenos movedizos, quiso detenerse y parar el carro de este cuento, insistiéndole yo, con vehemencia, para que continuara, añadiendo, que aquellos ismailitas con sus ritos, votos e iniciaciones, a través de los nueve grados, conseguían las fidelidades que pretendían, conminando los Dais a sus sectarios a guerrear contra los infieles, fatimitas y abasidas, usando la táctica del asesinato político selectivo, matando a través de los Fidais o asesinos, devotos encargados de ejecutar a hombres de Estado, emires, sultanes y jefes militares, ejecutando atentados en lugares públicos, y a la luz del día, con el propósito de intimidar y producir pánico, doblegando a los sarracenos y sucesores de Saladino, el campeador de Jerusalén, gobernando los ismailitas por largo tiempo los santos lugares y tierras próximas, manteniendo la secta musulmana muy buenas relaciones con templarios, allí establecidos, y también con judíos, que serían los verdaderos guardianes de Jerusalén y de las rentas finales de la red templaria, constituida en los reinos cristianos, con el beneplácito del Pontífice, que como Simón el Mago, distribuía indulgencias por donaciones a la cruzada templaria.

Las narraciones de Don Pedro sobre la participación judía en el Temple me causó impacto y sorpresa, por lo que extrañado pregunté el argumento de tan peligrosa afirmación, respondiendo el Caballero que él no hacía mas que citar una norma del Libro de los Caballeros del Temple, cap IV, escrito por San Bernardo de Claraval, citando de memoria ”he aquí los hombres fuertes que el Señor ha ido eligiendo desde un confín a otro del mundo, entre los más bravos de Israel para hacerlos soldados de su escolta, a fin de guardar el lecho del verdadero Salomón, o sea el Santo Sepulcro, en cuyo derredor los ha puesto para estar alertas como fieles centinelas armados de espada”, añadiendo Don Pedro, en beneficio de mi tranquilidad, que el negocio y ocupación de templarios y judíos eran coincidentes, todos ellos conocidos y compartidos por el Vicario de Cristo y por los reyes cristianos, desvelando, con mucho misterio, que mi padre estaba en el asunto por razones de Estado a fin de acabar con el poder de la nobleza castellana, y a la larga terminar con los feudos y beneficios de la Iglesia, impedimentos de la consolidación de Castilla como reino y que de continuo perturbaban la actividad guerrera frente a los árabes instalados en el reino de Granada.

Como mi ánimo siguiera conmovido y perturbado requerí a Don Pedro para que continuara en sus disquisiciones, relatándome que de aquél contacto de templarios con los ismailitas, iniciado en el año mil noventa y seis de la era cristiana, y luego favorecido en el transcurso de un centenar de años, influenciados por sucesivos Dais, originó una Secta entre aquéllos denominada Templarios de Baphomet, icono representado unas veces con la cabeza de un macho cabrío y otras con la cabeza de San Juan, personaje éste venerado por los templarios. Esta secta asumió la filosofía de Zoroastro, introduciendo el maniqueísmo, pretendiendo como último objetivo una Europa teocrática, sometida a un Mesías o Imán imperial, que integraría el poder espiritual y material, con disciplina y dirección, urgiendo a la necesidad de acabar con la Iglesia católica.
La secta templaria de Baphomet, añadiría Don Pedro, constituyó unos rituales de carácter oscurantista y esotéricos, con ceremonias secretas, donde no se incorporaban signos cristianos, siendo sustituidos por espirales, cruces gamadas, doble llana y la paloma, obligando a los novicios o nuevos Dais a pisar crucifijos en la investidura, simbolizando con ese terrible gesto que la Iglesia era mortal y de este mundo, dirigiendo su veneración a Baphomet, expresión de la dualidad, representada en escudos y estandartes con dos caballeros a la jineta, y cualquier otro símbolo que se expresara en dualidad.

Concluida esta exposición y largo discurso Don Pedro me explicaría que esta secta templaria se extendió por Europa, y singularmente en Francia, donde poseían enormes riquezas, tesoros, encomiendas, castillos, y la banca, librando cheques, siendo deudores de la Orden la nobleza, incluso el mismo Rey, Felipe IV, que impuso, por razones de Estado, impuestos al Temple, desautorizándole el Papa Bonifacio VIII con excomunión, por lo que el Pontífice sería secuestrado, vejado y golpeado, declinando aquella excomunión, imponiendo el rey un Papa francés, Clemente V y ubicar la sede del cristianismo en Avignon, fuera de Roma. Al final, Felipe IV ordenaría la detención de templarios franceses incautando sus riquezas, banca y encomiendas, bajo acusación de herejes, blasfemos, ejecución de ritos obscenos, sodomía, idolatría y enseñar que Cristo fue falso profeta, hechos que fueron comprobados, interviniendo torturas, realizadas por tribunales mixtos de iglesia y Estado, y ésta secta, agregaría Don Pedro, con regusto, y para mi tranquilidad, sería condenada y abolida recientemente en el Concilio de Viena, año l314, y no la filosofía templaria, fiel a su inicial espíritu de vencer al infiel con la Cruzada, otorgada a Castilla y Aragón desde los tiempos de Alfonso VI, y en Castilla el Temple, el verdadero y auténtico, dicho esto con emoción por el bueno de Don Pedro, dependiente de su rey, que Dios guarde, pasando a la Corona todos sus beneficios y feudos, y también sus caballeros y sargentos, y no de Roma, como ocurría en otros Reinos europeos.

































Se cuenta la manera de cómo dos Reyes cristianos de Francia y Castilla, Felipe IV y Fernando IV, fueron emplazados por caballeros templarios al tribunal de Dios, muriendo aquéllos monarcas en las fechas que fueron advertidos, tomando el Rey Alfonso XI mucha cuenta de aquellos emplazamientos y más después de sufrir y padecer la muerte extraña de su hijo bastardo Pedro y la imbecilidad manifiesta de Sancho, ambos tenidos con la favorita Leonor de Guzmán.




CAPITULO V



Mi abuelo Fernando IV cometió el grave error de hacer caso a una misiva, enviada por Felipe IV de Francia, donde se enumeraban iniquidades del Temple, aconsejando detener a caballeros, sargentos y clérigos, y confiscar sus bienes, carta que reiteró con idénticos requerimientos al rey de Aragón, Jaime II.

Aquel Capeto y también Borbón, huidos los últimos templarios de San Juan de Acre, perdido este bastión ante los turcos, después de posarse el Capítulo en Chipre y residir por último en París en el edificio del Temple, ordenaría que éstos templarios fueran torturados, entre ellos su Maestre, Jacobo de Molay, acompañado de Comendadores, Senescales, Oficiales de Obras, en número de treinta y cinco, quemándolos luego en una pira, en la isla de los judíos, en el Sena de París, frente a Notre Dame.

Del mismo modo Fernando IV, empujado por el General de los Dominicos, y apoyado por los arzobispos de Toledo y Santiago, mandaría prender al Maestre del Temple en Castilla, Rodrigo Ibáñez, desempeño que cumpliría con satisfacción un favorito del monarca, Privado del mismo, Juan Alfonso Benavides, luego muerto y vengado por dos templarios, los hermanos Carvajal, de ilustre linaje, entroncados con el Cid Campeador, y partidarios de las pretensiones de los Cerdas, siendo detenidos éstos por oficiales de rey y arrojados dentro de jaulas desde las cimas de las peñas de Martos, Jaén, no sin antes escuchar mi abuelo voces y gritos que le hacían los hermanos en su rodar por las vertientes de la sierra ante el tribunal de Dios, emplazándole a los treinta días de esa fecha, como así ocurrió, hecho que sucedió y repitió de la misma forma al Maestre Jacobo Molay, emplazando desde las llamas a Felipe IV a los cuarenta días, muriendo también este monarca francés por emplazamiento templario.

Mi padre y rey, Alfonso XI, se cuidó mucho por estas y otras cosas de acosar y perseguir a templarios, oponiéndose abiertamente al Pontífice de Roma y a todas las legaciones que en su nombre llegaban de la Santa Sede, instando a la entrega de bienes y encomiendas del Temple a la Orden de los Hospitalarios de San Juan, constituyéndose el monarca castellano en el paladín de la Orden, y por más ordenar la transferencia de bienes, castillos, fortalezas, palacios, encomiendas, baylias, y señoríos templarios a la Orden de Calatrava, la Orden militar más antigua de los reinos cristianos españoles, fundada en 1158, y aprobada por el Papa Alejandro III en 1164, que adoptó la regla del Cister, teniendo su Maestre el derecho de visita a las Ordenes militares mas poderosas de Castilla y Aragón, como era el caso de Alcántara y de Montesa . Mi padre, además, establecería en la Orden de Calatrava una milicia de Cristo, marcando en sus ropajes una cruz de Calatrava colorada, siendo en su origen negra, con cuatro brazos iguales, rematados en los extremos con flores de lis, siendo sus hermanos llamados freyles, unos, consagrados a la guerra para defender a la Cristiandad y al rey, y otros, clérigos, dedicados al culto, oración, ayuno, abstinencia y obras de religión.

El rey Alfonso mitigaría entre los freyles milites o caballeros los votos de castidad, pobreza y obediencia, así como el sometimiento a los Ordinarios y al Pontífice de Roma. A la cabeza de la Orden situó a Don Pedro Rodríguez Navarrete en calidad de Maestre, sintiéndome yo muy contento por este nombramiento, por ser este viejo templario quien compartió secretos conmigo y silencios discretos, elegido en capítulo general, manipulado por el Canciller de Castilla, dependiendo de Don Pedro un Comendador Mayor y un Prior, con derecho a mitra, báculo e insignia obispal, asistido por un Sacristán Mayor, encargado de guardar las reliquias del Temple y Calatrava, así como sus ornamentos.

Una de las primeras decisiones de Don Pedro, sugerida por mi padre, fue centrarse en la Encomienda de San Polo, Soria, construida por uno de los templarios fundadores en Jerusalén, Hugo de Rigaud, donde se custodiaba la primitiva regla y reliquias templarias castellanas, ordenando aquel Maestre su desplazamiento a la fortaleza y castillo de Montalbán e Iglesia de Melque, unidos esos centros templarios por subterráneos y laberintos excavados con sellos codificados por la Orden, sólo conocidos por capitulares a nivel de Maestres de Obras; siguiendo a aquella decisión el cuidado y celo por la Baylia de Castillejo de Robledo, instalada en el valle del Duero soriano, donde se instruían militarmente a los caballeros de Calatrava , seleccionados previamente en otras Encomiendas, todos ellos con linaje, pasando varios meses en calidad de aspirantes, recibiendo enseñanzas sobre el arte militar, equitación y reglas de la Orden, fundamentadas en el Temple, hasta que se fijara por el Bayle el día de recepción como caballeros, acto que era siempre individualizado, con solemnidad y presencia del Maestre, con ceremonia previa en la noche, siendo conducido el aspirante a caballero, después del toque de prima, por dos caballeros padrinos al velatorio, a una pequeña habitación anexa a la cabeza de la capilla, donde permanecería el día en oración y meditación, y tras el toque y rezo de completas, acompañado a la Asamblea, que lo legitimaría y proclamaría, siempre que sus padres fueran caballeros, no tuviera condición de hijo ilegitimo, no sufriera enfermedad contagiosa, y no hubiera sido expulsado del sacerdocio o de una Orden, acabando la ceremonia con el abrazo y beso en la boca de los demás hermanos, mientras los sargentos permanecían clausurados en sus celdas, anunciando el campanario de la Baylia el nacimiento al mundo de un nuevo templario, vestido de Calatrava .

Aparte de la Orden de Calatrava, el rey Alfonso XI ,en su afán por defender y acrecentar los valores y virtudes de la Caballería encontró un lugar esotérico y mágico equidistante entre el punto de Creus y Finisterre, situado en las lindes de Burgos y Soria ,a la falda de la sierra de la Demanda , y ubicado en el fondo de un cañón que acuchilla el rio Lobos ,acompañado éste de otro rio que llaman Ucero, cerca de una senda que dicen de la Galiana por ser este un camino por donde peregrinan gentes procedentes de la Galia en dirección hacia el sepulcro del apóstol Santiago. A ese rincón llaman los lugareños ,en su mayoría ermitaños que viven bajo cuevas del desfiladero , Ucero, y en ese asentamiento mi padre resolvió instituir y sellar la formación iniciática de los elegidos para crear las primeras filas de la Orden de la Banda, fundada por él , siguiendo en todo el espiritu templario ,las reglas de la orden benedictina y las enseñanzas de San Bernardo ,pero dependiente esta Orden de Caballería de la Corona de Castilla sin que el Pontífice de Roma pudiera interceder en sus resoluciones o en sus bienes .

Ucero era un asentamiento abandonado debido a la peste negra que causó gran mortandad y más por las migraciones habidas en estos lugares para repoblar los valles del Tajo y Gualdelkebir , hasta que mi padre lo descubriera como el lugar idóneo para cumplir los fines que pretendía y donde inculcar la marca y señal de esta Orden , por contar esta aldea con un castillar en excelente estado , templario en su arquitectura y maneras , que en sus tiempos de esplendor tuvo por Señor a uno de los más distinguidos de esa Orden, Juan Gonzalez de Ucero, combatiente en las Cruzadas, que levantó aquella fortaleza con triple amurallamiento , de dos metros de anchura ,a la que se accedía a través de rampas que acaban en puente levadizo ,con torre homenaje, aljibe y pasadizo subterráneo por donde descender hasta una aguada de manantiales de ríos que por allí nacen y atraviesan bajo los montes de las estribaciones de las sierras de la Demanda y Urbión ,construido el castillo con lajas de sillarejo y calicanto, suficiente este lugar para forjar caballeros con carácter ,y adiestrar a los iniciados en el uso de las armas.

Muy cerca del castillo de Ucero ,los iniciados de la Banda contaban con una ermita para cumplir con sus ceremonias religiosas ,alzada bajo la advocación de San Bartolomé, patrón de esta Orden ,por estar emparentado este santo, apóstol de Cristo ,con mitos serpentarios ,y que predicó en Armenia y la India ,donde recibió la muerte después de ser sacrificado con el arrancamiento de su piel y luego decapitado ,mostrando su imagen en una tabla pintada sobre el altar de su ermita donde se le representa con su piel que envuelve a uno de sus brazos.
La ermita de San Tomé, que es como proclaman los que ya han sido iniciados en la Banda ,está ubicada en la parte más profunda del cañón del río Lobos ,revestida ella de símbolos mágicos y esotéricos , entre los que destacan el óculo pentacular invertido que simboliza la parte maléfica del conocimiento y los canelillos de los aleros que reflejan los iconos del Temple ,entre otros ,el lobo, expresión de los maestros canteros medievales , el tridente de Neptuno, Géminis , y patas de paloma ,y reiterar el trío en las figuras talladas sobre los capiteles ,expresión de los modos de ser en el mundo, destacando un triángulo invertido que coincide con la figura del Grial.