lunes, 11 de junio de 2007

TRIBUS JUVENILES

En la Roma clásica, cualquier individuo, aparte del nombre, incluía en su filiación a la tribu que pertenecía, de manera que los Magistrados registraban, bajo juramento, ésta atribución tribal. Roma al actuar así y registrar en documentos la dependencia de individuos a una tribu lo hacían por definir territorios, así, la ciudad se organizaría en cuatro tribus urbanas, donde se distribuían libertos, personas nacidas en la infamia, hijos ilegítimos, y extranjeros, sin que se tuviera en cuenta los lugares de nacimiento de aquellos.

En este orden, se hace evidente, desde la perspectiva histórica, y como primera aproximación al fenómeno que pretendemos analizar, que las tribus juveniles podrían contextualizarse en tres dimensiones:



- Ubicación en ciudades/megaciudades, en su mayoría, resultado de intensas migraciones a la zona metropolitana de gentes de municipios aledaños, determinadas aquéllas por ser impracticable y casi imposible la interacción, evaporándose, al mismo tiempo la imagen física de las mismas. (1)

En nuestros días la modernidad, cargada de globalización, implementada de racionalidad y funcionalidad, ha provocado la desintegración de las ciudades y fracturas en las relaciones primarias, contribuyendo a ello los embates de la comunicación global que no hacen más que destruir a los pequeños espacios culturales locales, desestabilizando antiguas formas establecidas, que generaban identidad y cultura, siendo reemplazados éstos por nuevos espacios, la mayoría subculturizados y contraculturales. En este sentido, y desde la perspectiva de Durkhein, la aldea global, la cultura hegemónica, han encontrado su respuesta con la aparición de microculturas y sociedades primitivas, que emergen en los grandes espacios urbanos, constituyéndose, en su mayoría en agrupaciones contestatarias y resistentes, de donde surgen las tribus juveniles urbanas. (2)

- Territorialización, que integraría lugares donde postulan sus sellos y marcas, así como espacios y rutas en movimiento; y los no lugares, entre los que destacan las zonas chats, ravers, botellones, viajes virtuales, circuitos en red, etc.

- Conformadas por fronterizos o marginales juveniles. (3)



La primera impresión ante el enunciado tribus juveniles, desvela a cualquier observador sensaciones/percepciones, en tonos de energía, movimiento, vida, desplazamiento, grupo y ciudad, conceptos éstos contrarios a calma, quietud, muerte, sedentarismo, individualismo y rural, quedando como actividad valor esencial el término de corretear, andar y deambular de un lado a otro la ciudad, sea para facilitar identificaciones de nuevos espacios e iguales, sea para encontrarse violentamente con otros distintos y allí depositar sus marcas y catálogos.

El fenómeno de las tribus, ha interesado y ocupa de modo omnipresente y omnisapiente a antropólogos, sociólogos, semióticos, sicólogos, demógrafos, economistas, comunicadores sociales, institutos policiales, siendo aquél motivo de reuniones y convocatorias internacionales a efectos de análisis y descripción, por su enorme impacto en las tramas urbanas, música, moda, lenguaje, etc.

En la literatura antropológica el concepto de tribu se define tradicionalmente como grupo autónomo de extensión definida, de homogeneidad cultural y organización social unificada que habita en un territorio, teniendo éste toda la carga de pertenencia. En este sentido, las tribus se remitirían a lo primitivo, a clanes compuestos por lazos sociales, religiosos y parentela. Hoy, el concepto de tribu, desde la antropología, se asocia esencialmente al ámbito urbano y referida a jóvenes. En este orden, tanto la Antropología como la Semiótica, están de acuerdo en considerar a las ciudades no sólo como espacios físicos, sino como lugares donde ocurren fenómenos expresivos que entran en tensión por la actividad de los jóvenes o de algunos jóvenes, estructurados en tribus, en desacuerdo con los procesos de racionalización y de industrialización de la cultura. La mirada social de la Antropología respecto de las tribus juveniles, consiste en verlas como formas novedosas de expresión, identificándolas en calidad de fuentes de peligro y de riesgo, etiquetándolas, al igual que hiciera la escuela de Chicago, como posibles espacios de delincuentes, drogadictos, pandilleros, agentes todos ellos de inseguridad en la que se vive, en el marco de grandes territorios urbanos. (4)

Después de estas consideraciones, debe quedar claro que el fenómeno de las tribus juveniles son una de las respuestas mas cualificadas a la aldea global, a la globalización, al racionalismo y al estructuralismo, constituyéndose aquéllas en microculturas heterogéneas, a la manera de las sociedades más primitivas, donde lo elemental, lo simple, lo natural, imperan sobre lo complejo y artificial, surgiendo en consecuencia aquellas microculturas, en su mayoría contestatarias y violentas respecto de la cultura dominante. Esta sería una primera hipótesis que explicaría el origen de las tribus juveniles, ya defendida por los seguidores de Stuart Hall (1983), mantenida en su estudio “Resistencia mediante rituales”, donde emplea reiteradamente la noción de subcultura juvenil como expresión de resistencia de jóvenes trabajadores o sin empleo que refuerzan la vivencia de identidad de iguales, de clase, y también de espacios, esquinas, calles, curvas, discos, música, etc., y que habitualmente están en la urgencia de transgredir, confrontándose con los patrones de la cultura hegemónica.



Esa primera hipótesis daría explicación a un motivo fundamental que explicaría la creación de las tribus juveniles, consistente en la búsqueda de nuevos afectos, de nuevos tipos de relaciones, que dejan fuera a aquéllas derivadas de la racionalidad o de la división del trabajo. En definitiva, se trata de una respuesta, de una nostalgia de lo perdido que conlleva la vuelta a los terrenos de lo afectivo-emocional, que son propios a la comunidad primitiva.

Otra hipótesis de trabajo que explicaría el fenómeno de las tribus juveniles se situaría en modos o alternativas de expresión, describiéndose las mismas como formas de alejamientos de la normalidad, trasladándose aquéllas a espacios nuevos o no lugares para encontrar intensificaciones de vivencias y logros de afectos gratificantes, sitios éstos donde se cobijan sentimientos que no se encuentran en la familia.

Una hipótesis más explicaría el fenómeno de las tribus juveniles como expresión de una crisis de disidencia cultural en forma de violencia, debido al desencantamiento que ha producido la sociedad globalizadora, llena ella de masificación e hipertrofia funcional, donde reina el consumismo, la alienación y se vende basuras de éxitos personales.

En la década de los setenta, la explicación del fenómeno tribal juvenil descansaba sobre la teoría impactante del desarrollo social y económico de la comunidad, de la gran urbe, que aplastaba las espectativas de los jóvenes no sobradamente preparados, licenciando la sociedad mercantil, pomposa ella, la zanahoria del fácil éxito personal con escasos esfuerzos, situando al mismo tiempo símbolos, entre músicos, deportistas y otras ventanas que al modo del “gran hermano” y “operaciones triunfo” alocaban a dispararse a los más desposeidos y carentes, entre los jóvenes. El concepto de anomia, abogado por Durkeim y Merton, lleno la boca a muchos casposos salidos de las facultades semióticas y de las ciencias sociales, escupiendo por ahí y publicando aquello sobre la facilidad de logro y de éxito en la sociedad que se estaba construyendo, picando los más jóvenes infelices en el anzuelo para que luego cayeran en la basura.

Según Michel Maffessoli (1988), las tribus juveniles surgen como reacción al auge de la masificación, que es la expresión de carencia de identidad, necesitando la gente/masa de desprocesarse en momentos de individualización, fortaleciendo así los papeles de cada persona en el interior de agrupaciones pequeñas, que ofrecen ventajas de afirmar subjetividades, defender territorios y símbolos, todos ellos constituyentes de identidad, donde dominan experiencias y vivencias estéticas, y también sensibilidades, que llenan a los descarriados, a los jóvenes más infelices y a todos aquellos que pretenden salir de la gentitud o de la masa. Para Maffessoli las tribus juveniles están cargadas de componentes emotivos, donde es posible frenar o limitar la racionalidad de fuera, añadiendo que aquéllas surgen desde abajo, desde dentro, y algunas, en las cloacas, para dirigirse luego hacia arriba y hacia la periferia, armándose en su invasión continua con léxicos, metalenguajes, discursos, éstos, discontinuos, fragmentarios, dionisiacos, parciales, todos ellos muy difíciles de descifrar y codificar por sabedores apolineos, globalizadores y hegemónicos. Aquél autor afirma que las tribus juveniles tienden a ubicarse en las urbes, implementando su cuantía, variedad y recorrido en la medida que aquéllas se traman, y se globalizan.

Frente a esta teoría de Maffessoli, se situaría Costa P., Perez, Tropea (1997) en su trabajo Tribus urbanas, que explican el fenómeno no tanto como grupo sino como reafirmaciones de compromisos personales en el grupo, donde se tiene imagen, rituales, símbolos con los que compartir, funcionando todo como un mito o pequeña historia que contribuye a la construcción de la individualidad perdida, proveyendo a los jóvenes de instrumentos y esquemas de comportamiento que permiten salir del anonimato para constituirse en disidentes sociales y rompedores de cultura hegemónica, desestabilizando así, de modo personal, el orden de los adultos, y especialmente la seguridad de la masa.

La presencia de las tribus juveniles, con su lenguaje, cultura, experiencias y saberes, fueron también analizadas tangencialmente por Michel Foucault, que afirmaría que si la sociedad, la gran cultura, tienen y mantienen los discursos generales de la verdad, en su doble sentido, el científico y el de la masa, deben también incorporar aquellos saberes descalificados y marginales, saberes éstos que son memorias de contradicciones, enfrentamientos, conflictos, resistencias, heridas y autoafirmación de las diferencias. En este orden, Foucault, entiende y comparte la disidencia necesaria de grupos, como es el caso de las tribus juveniles, que se resisten al poder del lenguaje y discurso de aquellos que se declaran cultos y forman parte de la masa, éstos situados en la paranoia de que su cultura siempre es verdadera e irrefutable. Consecuentemente, las tribus urbanas juveniles no se ejercitan en el sometimiento a esos saberes, constituyéndose en primera línea en calidad de resistentes, poniendo y exponiendo sus mundos, sus verdades y saberes, que en contradicción lucharán, algunas veces con violencia, por imponerse, al objeto de descabalgar a los mitos de la cultura hegemónica, instrumentando para ello unas veces la música, graffittis, estilos de vida y otras, el enfrentamiento más crudo que puede segar vidas. Consecuentemente, las tribus juveniles, con su presencia y acción, aparte de torpedear a la gran cultura y a la aldea global, están desconstruyendo no sólo los saberes científicos y populares, sino también el oficial y público, constatándose con ello la debilidad de algunas instituciones, antes muy cerradas a éste fenómeno. (5)

García Ganclini (1995), llega a decir que hay que dejar hablar a las ciudades más que hablarlas; escuchar lo que se dice en ellas y potenciar que los discursos nacidos se expresen con su ritmo, surgidos éstos en los territorios de las esquinas y de las curvas a efectos de colocar en vértigo y velocidad la información globalizadora. Desde ésta perspectiva, la presencia de las tribus juveniles son una apuesta más, no sólo como objetivo de estudio, sino un medio para conocer los desajustes que hacen estallar los discursos concebidos por la masa y los aldeanos globalizados.

Mario Margulis (1994), por último define a las tribus juveniles como receptáculos en los que se agrupan aquéllos que se identifican mediante un look, en el que se entremezclan, ropas, peinados, accesorios, gustos musicales, manera de hablar, lugares de encuentro, ídolos, expectativas comunes e ilusiones compartidas. Según éste autor las tribus funcionan esencialmente como mecanismos de identificación y de segregación de diferencias.

Una característica singular entre las tribus juveniles consiste en que el espacio donde ellas se ocupan, siempre tiene lugar un juego de representaciones, a la manera de un teatro que golpea con sus símbolos e iconos, donde se veta a cualquier individuo que no sea un igual. Pertenecer a una tribu juvenil significa una contradicción asumida que consiste en fugarse de la uniformidad de todos y de la masa, y no dudar en vestirse y arroparse con uniformes que identifiquen, extremando la imagen personal y su look de tribu, lo menos convencional posible, todo ello para definir y revelar una actitud, la mayoría de las veces agresiva y violenta.

En este sentido, el estilo de vida sería uno de los distintivos esenciales de las tribus juveniles, expresión de un conjunto, muchas veces incoherentes, de elementos materiales e inmateriales que los jóvenes consideran representativos de su identidad como grupo. Las tribus juveniles tienden por lo general a resignificar símbolos, objetos, palabras, discursos, iconos, interviniendo sobre ellos a la manera del bricolaje, dándoles concepciones diferentes de aquéllos que los tuvieran en su origen, léase cruces esvásticas, cruces heavy, chupas de cuero, etc. En las tribus juveniles, las personas, las cosas y las ideas tienden a cambiar sus significados.

En este orden es muy importante, cuando se analiza una tribu juvenil, conocer su estilo de vida, compuesto en un principio por su lenguaje, esencialmente oral o mímico, distinto de los adultos; de la música que consume; de su estética; y de sus producciones culturales, entre las que destacan los fanzines, graffittis, tatuajes, murales, videos, chateos, etc.

Brake (1985), sostuvo que el estilo de una tribu juvenil se definía por su imagen, es decir, por su apariencia, que integraría vestido y accesorios, aparte de la postura y el modo de andar, añadiendo, también, su jerga y los modos de pronunciación de la misma.

Consecuentemente de lo escrito hasta aquí, las claves para entender a cualquier tribu juvenil deberían pasar por los siguientes procesos:



1º Conocer sus territorios y recorridos alternativos, entendidos éstos como suyos, tanto a nivel físico como simbólico.

Sobre este aspecto cuando un joven habla de su discoteca, donde oye su música, no dice sólo de espacios y afinidades, sino también de afectos y vivencias que refuerzan las posesiones aludidas, que apoyan las expresiones de reafirmación. Así, la discoteca, el bar, la esquina; la calle y la curva, son lugares poseidos, donde se establecen relaciones de reconocimiento de identidades grupales, donde se generan representaciones, algunas, insospechables y originales.

2º Conocer la música que consumen y la estética integral de sus expresiones, elementos éstos esenciales que significan al grupo, todos ellos fuera del mercado de la tienda comercial y de la marca franquiciada, apostando y poniendo énfasis en lograr lo ya usado o que está en los rastros de las calles y que ha tenido experiencia de trasiego en andaduras de paraterritorios, ajeno por evidente a centros comerciales del centro y de moda, pretendiendo con ello y siempre, la búsqueda de lo alternativo.

3º Conocer sus discursos, en su mayoría ausentes de palabra, de conversaciones, y por el contrario, repletos de formas donde actúan el cuerpo, la expresividad y la representación.

A través de la corporidad las tribus juveniles mandan mensajes tanto en posiciones estáticas o dinámicas, todas ellas secuencias aprehendidas en la interacción.

Por medio de la imagen combinan vestidos, colores, reciclando lo retro y haciendo remix con el mañana, siendo peculiar en su hacerse el reciclar comportamientos y apariencias al objeto de ser mirados como extraños y gentes con onda, sugiriendo muchas veces, y en el espacio de algunas tribus, la otra sexualidad que se encuentra en cada uno de ellos, perdiéndose algunos individuos entre papeles masculino y femenino.

Una de las tribus juveniles presentes de manera episódica, confrontándose con el poder económico, y que resume lo escrito hasta aquí, es la de los Blackblocs, etiquetada así por primera vez en la década de los ochenta del pasado siglo, e identificada por la policía alemana, calificando a sus miembros de extrema izquierda y radical.

Actualmente, uno de los ideólogos de la tribu juvenil Blachbocs y de los jóvenes antiglobalizadores, es Susan George, Presidenta del Observatorio de la Mundialización, autora del “Informe Lugano”, donde afirma que las premisas de los mercados financieros y grandes empresas transnacionales conducen hacia un fascismo mundial, al que los ciudadanos deben reaccionar. En el citado informe aquella autora expone las contradicciones del capitalismo que incide en la ecología, sociedad, política y economía, denunciando que el neoliberalismo imperante no podrá sostener a los ocho mil millones de personas que habitarán en el 2020, apostando aquélla por la redistribución de la riqueza, grabando a escala internacional todas las ventas. Añade Susan George que las crisis financieras producen impactos económicos en las bolsas de valores, implementando el desempleo, aumento de precios, cierre de empresas, destrucción de los recursos para el desarrollo social, empobrecimiento de las clases medias y mayores cargas para los pobres.

Susan George es vicepresidente de ATAAC (Asociación por una tasación de las transacciones financieras para la ayuda de los ciudadanos), que es un movimiento surgido recientemente en Francia por iniciativa de la Revista internacional “Le monde diplomatique” que ha analizado las crisis financieras y el impacto producido por las mismas en Méjico (1994), países del Sudeste Asiático (1997), Rusia (1998), Brasil (1999), Argentina (2000) y USA (2002), atribuyéndolas a maniobras especulativas de capitales. Atacc propone que de los 1,5 billones de dólares que se mueven diariamente por el mundo, especulando sobre las variaciones en la cotización de divisas, se cree un impuesto del 0,5 %, tasa TOBIN (Premio Nobel de economía en 1972), sobre cada movimiento de los capitales